Opinion · El desconcierto

Propósito de enmienda de Sánchez e Iglesias

«Con Iglesias sí, con Casado no» coreaban los militantes socialistas que celebraban en Ferraz la noche del 10 de noviembre la victoria electoral de Pedro Sánchez. Ni habían pasado veinticuatro horas, en la tarde del lunes 11, cuando ya comenzaba la negociación entre el PSOE y Unidas Podemos que desembocó ayer martes 12 por la mañana en un preacuerdo de un gobierno de coalición. Dicho y hecho que evidencia que ambos partidos han aprendido bien la lección política de estas urnas desmintiendo a algunos jeremías que profetizaban que la Moncloa solo buscaba una investidura gratis total instrumentalizando el miedo a Vox. No ha sido así. No habrá la Gran Concertación con el PP, habrá la coalición con Unidas Podemos.

Ha sido una decisión de Sánchez e Iglesias no consultada con las direcciones del PSOE e Unidas Podemos que las han aprobado más tarde. No hacía falta, por supuesto, en la formación morada que desde el minuto uno ha exigido el gobierno de coalición, pero no hubiera sobrado en el Partido Socialista dada su resistencia a tal exigencia. La aprobación sería la misma, pero se hubiera arropado formalmente a su dirigente porque no va ser nada fácil la tarea del presidente del Gobierno. Las heridas de la izquierda, causadas por la crisis de los sillones, no se han cicatrizado ni se van a cicatrizar de la noche a la mañana y la embestida salvaje de toda la derecha va a tambalear el edificio constitucional. Cuenta , eso sí, con unos diez millones de votos e importantes aliados  parlamentarios; aunque, lamentablemente, ni los unos ni los otros pueden variar la correlación de fuerzas entre la Moncloa y los poderes fácticos  que sobrevivieron a la dictadura.

¿Por qué Sánchez e Iglesias, que se han abofeteado públicamente durante el verano, se besan en el otoño? La realidad es testaruda. Ni es posible el retorno al bipartidismo, con el que el PSOE soñó mucho más tiempo del debido, ni tampoco aquel sorpasso de la izquierda populista, que tanto ha ambicionado Unidas Podemos. Desde que Pedro Sánchez, tras ser defenestrado, volviera a Ferraz a hombros de los militantes, el PSOE se sitúa desde, por y para la izquierda como fuerza mayoritaria de la misma forma que lo es Unidas Podemos como fuerza minoritaria. Lo que no impide, sino que incluye, una dura competencia por ganarse la voluntad de un electorado progresista.

Tras la fuerte penitencia de las urnas, Sánchez e Iglesias han hecho examen de conciencia y hacen un claro propósito de enmienda. El arrepentimiento es mutuo. Muy probablemente, si Sánchez pudiera rectificar retiraría su injusto veto a Iglesias; e Iglesias si pudiera le imitaría retirando su injusto calificativo de los ministerios que rechazó. Aquella crisis de los sillones, que nunca debió de haberse producido, la han resuelto a tiempo para evitar una tercera convocatoria electoral que hubiera sido letal para ambos y para los intereses de la sociedad española. Así Iglesias consigue, finalmente, el gobierno de coalición y Sánchez que el preacuerdo  firmado no gire en torno a unas carteras ministeriales sino a una declaración de intenciones programáticas.

El conflicto de Cataluña, la recesión que viene a galope y el ascenso del nacionalpopulismo de Vox demandan que no pasemos a 2020 sin gobierno. A mitad de diciembre, tras la investidura de Sánchez, el nuevo gobierno que se forme deberá empezar a abordar estos tres graves problemas porque, entre otras razones, no existe ninguna alternativa gubernamental. De hecho, sería tanto como retomar hoy aquellas tareas pendientes del buen gobierno de colaboración que mantuvieron desde junio de 2018 a enero de 2019 Sánchez e Iglesias. Este preacuerdo no hace más que dar carta oficial a lo que es real desde el triunfo de la moción de censura contra Mariano Rajoy. La mayoría que logró echarle de la Moncloa es la misma que hoy, por activa o por pasiva, puede apoyar a Sánchez e Iglesias.

El laberinto político español, afirma desde su histórica sensatez el PNV, debe encontrar su pronta salida por la izquierda. Dicho con palabras de los jeltzales «arreglar el desaguisado que ellos mismos han generado». La repetición electoral y su principal consecuencia, la entrada con fuerza en el Congreso de los Diputados de Vox, debe ser afrontada por el PSOE y Unidas Podemos. En la misma dirección se manifiestan los sindicatos cuando les exigen que tomen nota ante el castigo que han recibido en las urnas por su increíble incapacidad en la consecución de un pacto. Sobre todo cuando nada sustancial les separa en sus programas. Es lo que hoy explica que el otoño de 2019 recupere todas las imágenes de la unidad de la izquierda del verano de 2018.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias no se pueden permitir ni la más mínima equivocación en la aplicación del preacuerdo. No va ser nada fácil su coalición, no hay ni cultura de pacto, ni experiencia alguna de gobierno, pero no les queda otra opción que aprender sobre la marcha y corriendo. Las dos derechas, tras la defunción política de Rivera, van a ser implacables bajo la batuta de Abascal. Cuando comprueben que la imagen de la rúbrica de Sánchez e Iglesias no termina hecha añicos, como aquella imagen de la firma de Sánchez con Rivera, ni siquiera será posible buscar un cierto compromiso con un melifluo Partido Popular siempre muy atento a la Vox de mando de Santiago Abascal. Del éxito de este gobierno de Sánchez e Iglesias depende que la democracia no sea sustituida por el autoritarismo.