El desconcierto

La herencia envenenada del 155

Pedro Sánchez lamentará toda su vida no haberse resistido a las presiones para que apoyase el 155 de Mariano Rajoy cuando la Generalitat desobedeció al Tribunal Constitucional. Pese a que era bien conocida su opinión contraria a tal disparate político, cambió inmediatamente de opinión tras escuchar el discurso de Felipe VI del 3 de octubre. Desde ese momento, lo que era un serio conflicto político arrastrado históricamente se reconvirtió en un serio conflicto jurídico de consecuencias imprevisibles. Al decidirse abrir la puerta  de la externalización de la política, pasando del Congreso de los Diputados al Tribunal Supremo, se cerraba jurídicamente toda posibilidad de encauzar políticamente la cuestión catalana.

Por lo poco que se sabe y lo mucho que se intuye, puede decirse que el diálogo del PSOE con ERC tropieza con esa herencia envenenada que Sánchez ha recibido de Rajoy. No es fácil que el carcelero y el preso de ayer lleguen hoy a un acuerdo por mucho interés que uno y otro tengan. Tan es así, que hasta uno de los propios delegados de Esquerra Republicana figura entre los procesados por desobedecer las resoluciones del Tribunal Constitucional. Porque si bien el  primer dirigente republicano está encerrado entre cuatro muros, el socialista lo está igualmente en un férreo búnker recentralizador y punitivo  de las tres derechas que pretende intimidarle.

Buena prueba es que ha sido el PSC y no es el PSOE el que ha cambiado de música y letra en este diálogo hermético. Cierto que nos referimos al mismo partido socialista, pero igual de claro es que más acá del Ebro apenas se escucha ningún cambio de tono salvo, quizás, en Euskadi con Odón Elorza. Es como si el socialismo catalán intentara políticamente ahora tanto investir a Pedro Sánchez como normalizar democráticamente la sociedad catalana, mientras que los socialistas españoles solo buscasen sacar adelante la investidura de su líder. Anomalía a la que hay que añadir el envoltorio de la llamada del presidente en funciones al actual presidente de la Generalitat. Ese teléfono para todos, un remedo del aquel café para todos de Manuel Clavero Arévalo, revela más que mil palabras.

Oriol Junqueras, sobre cuya inmunidad debe decidir el Tribunal de Luxemburgo el próximo jueves, encarna hoy la herencia envenenada del 155. Al igual que la extradición de Puigdemont, aplazada por el tribunal belga al 3 de febrero, resumen la torpe labor del magistrado Llarena, que ya ha sido puesta en cuestión por la justicia alemana. Que Sánchez no haya solicitado la reforma de la euro orden, en la reciente reunión de los presidentes de la Unión Europea, indica que la Moncloa sabe mejor que nadie que el gobierno de Rajoy no solo hizo lo que no debía sino que, además, no lo pudo hacer peor. Demasiado tarde constata Sánchez las consecuencias penales de ese 155 ligth que pactó con el PP.

No es casual que este 2019 termine como empezó. Idéntico aquel diciembre con este enero. Entonces se vio como, tras negarse ERC a aprobar los presupuestos del Estado, Pedro Sánchez tuvo que convocar elecciones anticipadas, al igual que ahora, si ERC no logra que el PSOE firme el acuerdo que proponen, se verá también obligado a repetirlas. El no es no de Casado devuelve al líder socialista su negativa a investir a Rajoy, como la negativa de Arrimadas a apoyar el gobierno del PSOE con Unidas Podemos devuelve a Pablo Iglesias su negativa a apoyar gobierno alguno del PSOE con Ciudadanos. Todo un largo año perdido en los laberintos catalanes, aunque en verdad Pedro Sánchez buscó salida sin encontrarla por errores propios y ambiciones ajenas. Lo que era fácil en julio no lo es en Navidad.

El voto de ERC, gratis total, durante el verano, ahora tiene un precio, como bien advirtiera un lúcido Gabriel Rufián en la fallida sesión de investidura de Sánchez. No pudo ser porque se colocó por delante el gobierno de coalición, pese a que era incompleto e insuficiente sin la abstención de Esquerra Republicana, no prestando atención al  serio aviso de los republicanos. Hoy hay coalición pero no hay gobierno, y únicamente lo habrá si Pedro Sánchez tiene el suficiente coraje para romper pronto con las cadenas de la herencia del 155 que lo tienen tan inmovilizado en la Moncloa como lo estuvo en todo momento Mariano Rajoy. O acaba impugnando esta herencia envenenada o tomará las doce uvas de la amargura antes de verse obligado a unas terceras elecciones, que es lo que busca el trío de Colón, olvidando que si en enero se pasó de la raya electoral sobre Cataluña ahora puede estar pasándose raya y media.