El desconcierto

El silencio del Rey

Ya nadie lleva el estadillo de los generales, ni se pregunta quien dirige la Brunete o la Brigada Paracaidista. Hoy los estadillos son solo de jueces, los cuarteles ya han sido sustituidos por los tribunales, los uniformados por los togados y los pronunciamientos militares por las sentencias judiciales.  En la grave crisis de Estado que estamos atravesando el protagonismo corresponde al Gobierno de Sánchez, recién investido por el Congreso de los Diputados, y al Consejo General del Poder Judicial nombrado por Rajoy y que, lógicamente, no refleja la actual mayoría parlamentaria. De ahí que el  reciente desbloqueo político logrado por el PSOE coincida con el bloqueo judicial mantenido desde hace más de un año por el PP.

No es suficiente para quienes desarrollan hoy una estrategia de la tensión contra el Gobierno. En el estado de sitio mediático y judicial con el que tratan de rodear la Moncloa necesitan la confrontación entre el Jefe del Estado y el presidente de Gobierno. Ya se pudo ver en la pasada sesión de investidura con los vivas al Rey proferidos sin venir a cuento desde los diestros escaños del PP y de Vox. Como si la monarquía constitucional pudiera correr hoy algún grave peligro que obligase a los políticos, patrioteros por supuesto, a marchar por la senda preconstitucional para defender a Felipe VI. Que lo hagan los diputados de Vox tiene su sentido, pero que lo hagan los diputados  del PP es inquietante.

Que la ministra de Defensa, señora Robles, haya tenido que aclarar en la misma ceremonia de relevo del Jefe del Estado Mayor de la Defensa que la Constitución no necesita hoy de ninguna defensa especial, es preocupante. Indica bien que esta campaña intoxicadora de la derecha podría generar problemas más allá de cuales sean sus motivaciones. Precisamente porque la aclaración de la ministra fue inmediatamente posterior a la intervención del nuevo JEMAD, general Miguel Angel Villarroya, en la que recordó el artículo octavo de la Constitución que encomienda a las Fuerzas Armadas la defensa del orden constitucional, cabe preguntarse por qué aclara lo innecesario.

Quien siembra dudas, como el cesado JEMAD general Alejandre que se va instando a los mandos militares a seguir defendiendo al Rey, puede levantar tempestades más allá de cual sea su intención. En la batalla sorda que se libra en el interior de los aparatos estatales se vuelve a vivir el clima de sospecha generalizada que se vivió contra el gobierno de Adolfo Suárez con las mismas argumentaciones y con los mismos objetivos. No hace ninguna falta que Felipe VI pregunte a su padre Juan Carlos I sobre los rumores, ambigüedades e intoxicaciones políticas que daban a entender que la Zarzuela e importantes partidos políticos hablaban mediante la boca del general Armada.

Entonces Euskadi fue el pretexto, hoy lo es Cataluña; ayer y hoy el motivo es impedir que un gobierno democrático pueda encauzar la cuestión nacional de un Estado mal tejido históricamente. Romper las patas de la Mesa de Diálogo con la Generalitat para que nadie pueda sentarse en ella o vetar la posibilidad de una consulta legal en la sociedad catalana si es que logran sentarse, es el objetivo político  de esta intimidación que se vuelca hoy sobre la Moncloa sabiendo, además, que si Sánchez se arrodillara como Zapatero terminaría dando paso a la involución autoritaria. Siempre que la derecha ha logrado enfrentar a unos pueblos contra otros, como se intenta estos días, acaba recuperando el poder por las buenas o las malas.

En ese contexto crítico la Zarzuela debiera medir muy bien sus silencios o ausencias porque pueden mal entenderse e interpretarse. Que el diario El País haya titulado El Rey, protagonista ausente del relevo de la cúpula militar es bastante indicativo de lo que señalamos porque la no presencia del capitán general de los tres ejércitos en este acto oficial castrense no va acompañada de ninguna explicación oficial. No es una buena noticia porque refleja bien hasta que punto la cuestión catalana puede terminar siendo una gangrena que pudra todas las instituciones democráticas. Decía Ortega y Gasset que algunas veces son las cosas de tal condición que querer juzgarlas con sesgo optimista equivale a no haberse enterado de ellas.