El desconcierto

El coronavirus no es de derechas ni de izquierdas

Adolfo Suárez, un año después de ser elegido, convocó a todos los partidos políticos para poder afrontar una grave crisis económica plasmada en una inflación galopante que superaba el 30%. El entonces presidente de Gobierno no hizo más que recoger una reiterada propuesta, formulada desde hacía meses por Santiago Carrillo como secretario general del Partido Comunista de España, que acabó desembocando en la firma de los pactos de la Moncloa. Aquella cita consagró el triunfo de la Constitución de 1978, la superación de la creciente espiral inflacionaria y la consolidación del sistema democrático. Aquella experiencia debiera ser tenida en cuenta hoy por el presidente Pedro Sánchez cuando tiene que hacer frente tanto al coronavirus como a la recesión económica.

Del  mismo modo que la inflación no era de derechas ni de izquierdas, el coronavirus no es ni facha ni rojo. Si en 1978 era prioritario cortar drásticamente con la burbuja inflacionista, en 2020 lo es segar la hierba bajo los pies de la pandemia. Si entonces hubo que terminar con los demagogos que se lanzaban a la cabeza el índice de inflación, ahora lo es terminar con los sectarios que se lanzan la epidemia como si fuera responsabilidad de unos u otros. Cuando una economía en plena depresión va acompañada de una interminable desesperación, entonces y ahora, siempre corre el grave riesgo de romper el cascarón del huevo de la serpiente que ya ha vuelto a anidar en medio centenar de escaños del Congreso de los Diputados.

No se sabe que es más pavoroso. Si el número de muertos e infectados por el coronavirus, los números rojos de los trabajadores arrojados al paro o las cientos de miles de pequeñas y medianas empresas abocadas al cierre. Parece evidente que el Gobierno de Sánchez hace todo lo que puede para paliar la dramática suerte de ambos sectores sociales, pero también es una evidencia que está bastante desbordado, como se vería cualquier otro, por la creciente amplitud de las repercusiones socioeconómicas de una pandemia con la que seguro habrá que convivir hasta que se descubra la vacuna que la liquide. Según los expertos, dentro de un año o un año y medio.

Basta leer el libro Comportarse como adultos, donde el ex ministro griego Yanis Varoufakis describe lo que es la cruel realidad  de la Unión Europea a la hora de negociar con los alemanes y sus comisarios de Bruselas, para imaginar el drama personal y político que debe estar atravesando Pedro Sánchez. Euroilusionista  teórico y práctico– votó incluso la reforma del artículo 135 de la Constitución tras la genuflexión política de Zapatero ante la Merke–, padece ahora el mismo escenario que vivió el político griego en el Eurogrupo. La arrogancia prusiana de Berlín, y la de su gauleiter en la Haya, se ha desplegado sobre Sánchez con la misma intensidad que sufrió Varoufakis. España, previsiblemente, será condenada al empobrecimiento como lo fue Grecia entonces. Adiós a los eurobonos.

Cuando vuelva a Bruselas, el presidente del Gobierno se encontrará con un plan de rescate revestido bajo la apariencia de los fondos MEDE. Dicho de otro modo, con exigencia de nuevos recortes en una economía hundida en la que ya no queda nada por recortar. Quizás camuflados o suavizados, pero con una batería de duras condiciones  a cumplir por una sociedad como la española al borde de la desesperación. Es inevitable decir que el remedio podría ser mucho peor que la propia enfermedad. Esperar otra respuesta de los cínicos burócratas de Bruselas, subordinados a Berlín, es pura ilusión. Como escribía Upton Sinclair "es difícil conseguir que un hombre entienda algo cuando su sueldo depende precisamente de no entenderlo."

Cuando necesites ayuda, sostiene una sentencia popular china, recuerda que siempre habrá una mano que te ayude y que esa mano empieza donde termina tu brazo. Esa es la actual situación de  Pedro Sánchez que puede, eso  sí, extenderla a todos los agentes sociales y políticos para conseguir algo así como una nueva versión de los pactos de la Moncloa, en el que sindicatos, empresarios, derecha e izquierda, y las comunidades, firmen un acuerdo de obligado cumplimiento para todos. En la lucha contra la pandemia, no cabe la plena eficacia  y la  recesión, sólo con el apoyo de la mitad de los agentes sociales, la mitad del parlamento y la mitad de los territorios del Estado español. Sin esos pactos, que serían una traducción del compromiso histórico de Berlinguer, la Moncloa acabará chocando, mas pronto que tarde, con el tremendo impacto del coronavirus.