El desconcierto

El factor alemán en los pactos de la Moncloa

La Moncloa, sede presidencial del gobierno español, vive hoy bajo la misma angustia que se vivió hace dos años en Maximos, la sede presidencial del gobierno griego. El rechazo alemán, tanto a la renegociación de la deuda griega como a la emisión de eurobonos, une los destinos de Alexis Tsipras, Giuseppe Conte y Pedro Sánchez. La aceptación de la negativa de Angela Merkel hundió en la miseria a una Grecia ya bastante hundida, y puede llevarle al mismo desenlace a España e Italia. Justo cuando el presidente del Gobierno español intenta unos nuevos pactos de la Moncloa, visto con muchos recelos desde la derecha y con ciertas inquietudes desde el infantilismo de izquierdas, el factor alemán nos recuerda que la deuda es el poder de los acreedores.

En los pactos de 1977, Alemania, que jugó un papel esencial en la transición española, fue un factor muy positivo en la medida en que evidenciaba la solidaridad de la Comunidad Europea  con la plena recuperación de la democracia en  la península Ibérica, especialmente en España. En los potenciales pactos de 2020 se evidencia, ahora ya bajo la Unión Europea, que aquel factor positivo se ha reconvertido en negativo. Con lo que quienes intenten hoy los pactos van a tener que trabajar con unas decisiones ajenas sobre las que no podrán mover ni un punto. Adoptadas al margen de la opinión pública e incluso marginando al presidente del parlamento europeo, David Sassoli, del Eurogrupo. Van a tener tarea, con una deuda ascendente y un déficit desbocado, reajustar la contabilidad nacional será labor poco menos que imposible.

Tanto es así que Pedro Sánchez ha abandonado a Giuseppe Conte en su reto a Bruselas y cogido de la mano de Macron trata ahora de sacar el mejor partido de lo peor. De la anunciada épica de los 9 rebeldes solo resta el italiano presionado por el nacionalpopulismo de Salvini. Lo que no puede ser, como diría el torero Guerra, no puede ser y muchísimo menos con los alemanes. Luego, desde esa correlación de fuerzas, lo pragmático son las lentejas del Rapid Financing Instrument, del MEDE, mal aliñadas con las financiaciones del Banco Europeo de Inversiones, el Fondo paneuropeo de garantías, y el mecanismo de reaseguro de desempleo comunitario que se pretende poner ahora en marcha. No habrá, pues,  mutualización de la deuda. Cada estado europeo se endeuda por su cuenta.

Pan para mal comer hoy y hambre para mañana, pasado mañana y las próximas generaciones. Con la hoja de ruta que nos marcan desde Berlín, vía Bruselas por poderes, la deuda de los países receptores, como Madrid y Roma, corre el muy serio peligro de ascender exponencialmente dado el elevado coste aplazado de estas tres líneas de financiación. Porque estos préstamos o créditos serán reembolsables en un período de entre cinco y diez años, otros avalados por los Estados miembros y todos bajo unas muy inconcretas condiciones benévolas que no se recogen ni en un memorándum individual y sí en un desconocido plan europeo de respuesta económica. O sea, redactado en un lenguaje nada asequible a la inmensa mayoría social para que los traductores pro domo sua lo vendan como el éxito europeo que no es.

Tampoco el plan Marshall, propuesto por el presidente Sánchez, encuentra quien lo apoye. Claro está, sin los partidos comunistas de Tohrez y Togliatti como primera fuerza política en Francia e Italia y  los guerrilleros de Markos en Grecia, no se habría gestado dicho plan. Washington no hubiera gastado ni un céntimo de dólar en una Europa Occidental con la clara intención de evitar gobiernos progresistas. Por la misma razón ninguna gran potencia está hoy predispuesta a mutualizar la deuda ni, por supuesto, a resucitar a Marshall. Una vez más se impone la ley de la selva y un cruel darwinismo nacional en el que las naciones sólidas sólo ayudarán a las frágiles, como España e Italia, a través del mecanismo endiablado de la deuda.

España vuelve a cruzarse con los intereses de una gran potencia, el Estado alemán. Alemania armó y financió la sublevación de Franco en 1936, sostuvo desde 1940 a 1970 la dictadura franquista, intervino en la transición en 1975, condicionó la entrada en la Unión Europea al ingreso en la OTAN en 1986, sustituyó a la peseta por el euro entre 1992 y 2000, impuso el 135 en 2010, e impone el MEDE en 2020. Es bien cierto que no todos los alemanes, como dice un buen amigo que estudió bajo la clandestinidad en la escuela de cuadros del PCE, situada en Karl Marx Stadt, hoy Chemnitz, en la desaparecida RDA, han compartido ni comparten esta actitud del Estado alemán, pero no lo es menos que cada vez que nos cruzamos, en la historia reciente, con el "amigo alemán" salimos perdiendo. Si la deuda es el poder del acreedor, una deuda insostenible como a lo que vamos abocados convierte al acreedor en un poder omnipotente.