El desconcierto

Los inevitables Pactos de la Moncloa 2020

Es verdad que la actual propuesta sobre unos nuevos pactos de la Moncloa nació en la prensa, como  bien recalcan los contrarios al gran acuerdo de país que demanda Pedro Sánchez, pero no es cierto que acabarán en la prensa, como sostienen quienes quieren enterrarlos antes de haber nacido. Ahí está la firme convocatoria del presidente de Gobierno para la próxima semana, una reunión con todas las fuerzas políticas, como buena prueba de que los Pactos de la Moncloa 2020 pueden nacer, sobrevivir y desembocar en un consenso político. Ya se irá viendo, pero esta apuesta política de Sánchez, como la que sostuvo Adolfo Suárez en su día, responde a la muy urgente necesidad de superar las alarmantes consecuencias económico sociales generadas por el coronavirus.

De momento, la Moncloa ha enviado al viejo desván de palacio la mesa rectangular donde Esquerra Republicana, que ayer se abstuvo de votar al Gobierno, intentaba negociar el derecho de autodeterminación a cambio de sus votos parlamentarios. Pasado el domingo de Resurrección, resucita la mesa ovalada en la que Carrillo, Fraga, González, Tierno Galván y Suarez firmaron los pactos de la Moncloa 1977. Entonces, más de un 30% de inflación obligó a los reticentes a sumarse a la firma; ahora, con el más que probable mismo guarismo en las cifras de paro a finales de año– según apuntan algunos expertos–, a sumar a los dos millones de empleados de la economía sumergida, obligarán a los más reacios, por lo menos, a dialogar sobre un programa de reconstrucción nacional.

Si nos atenemos a la intervención de ayer de Pablo Casado, habría que deducir lo contrario, pero también Manuel Fraga se opuso con todas sus fuerzas a los pactos precedentes y, sin embargo, acabó firmando. Son los mismos poderes que le llevaron a rastras a firmar los que pueden acabar convenciendo también al líder del PP a que estampe su rúbrica. Casado no tiene en la cabeza el Estado, como a su manera lo tenía Fraga, pero sí tiene claro los intereses que representa, y también que estos no están a favor del brutal choque de trenes sociales que propone Aznar, una vez descarrilado el choque territorial con Cataluña, para recuperar la Moncloa. Lo cierto es que la derecha económica no ve con buenos ojos el juego de tronos que tanto seduce a la derecha política.

No es cierto que Suárez como Carrillo, los dos impulsores del Pacto de la Moncloa 1978, pagaran después un precio electoral por dichos acuerdos. La desaparición de Unión de Centro Democrático y del Partido Comunista de España se debió fundamentalmente a la intensa conspiración interna de los demócratas cristianos contra Suárez en el caso de UCD, y a la no menor conspiración de los eurocomunistas contra Carrillo. Tampoco se ajusta bien a la verdad que González rentabilizara más tarde su reticencia al pacto, porque en realidad su histórico triunfo de 1982 tuvo muchísimo más que ver con la reacción social al intento de golpe del general Armada. Estas tres versiones un tanto sesgadas sobre la UCD, el PCE y el PSOE provienen del marketing de los que, por distintas razones, quieren abortar el Pacto Moncloa 2020.

Lo que es cierto es que Sánchez no arrastra el hándicap de Suárez. UCD era un partido montado desde arriba, sin ideología definida, abierto en canal, con diversas fracciones que, de una manera u otra, trabajaban para el PSOE y el PP. Ni siquiera Felipe González, cuando afirmaba que se gobernaba desde la Moncloa y no desde Ferraz, donde Guerra acabó de ganar en un congreso, tuvo tanto poder, control y lealtad de su partido como lo tiene Sánchez. Ni tampoco sus socios subalternos, la izquierda populista, constituyen hoy un problema para el presidente del Gobierno, por mucho que la ultraderecha los describa como lo que no son. El tuit de ayer de su máximo líder, matizando lo que decía su portavoz de que no era el momento  de los nuevos pactos, prueba que ese flanco Sánchez lo tiene cubierto. Así pues, el presidente del gobierno puede enfilar la recta de los pactos con la completa seguridad de tener limpia su retaguardia.

La estrategia de los frentes populistas en pugna, trazada por los de  Vox, es paradójicamente la principal baza con la que cuenta Sánchez para impulsar los pactos de la Moncloa 2020. Es un hecho, bien señalado por todos los historiadores, que si Manuel Azaña e Indalecio Prieto hubiesen llegado a un acuerdo político, los que ya venían conspirando desde agosto de 1932 contra las instituciones democráticas no lo hubieran tenido tan fácil a la hora de poder rematar a la II República. Por ello, quienes arremeten contra los pactos de la Moncloa 2020 son muy coherentes, buscan separar al Partido Popular de un compromiso histórico con la democracia y subordinarlo a la dialéctica frentista de Vox. Esto es, aprovechar la pandemia del coronavirus para retrotraernos a la monarquía preconstitucional anterior a la Constitución de 1978.