El desconcierto

El cascarón roto del huevo de la serpiente

El coronavirus ha roto el cascarón del huevo de la serpient,e incubado desde mayo de 2010 en que Zapatero inició la cruel cadena de recortes sociales que Rajoy elevó exponencialmente. Al calor de la pandemia, el embrión de la involución preconstitucional es ya un ofidio que comienza a envenenar la convivencia social y política española. El veneno se expande en el parlamento, medios de comunicación, redes sociales, con una velocidad sinuosa de vértigo al encontrar un campo abonado por los cuarenta años de dictadura, y durante el trienio negro de Aznar, en el que se vertieron toneladas de fango contra los adversarios políticos, tachados de enemigos de España.

Drama sanitario, colapso económico, tragedia social e irresponsabilidad política alimentan a esta serpiente recién salida del cascarón. La demagogia nacional populista se desparrama con cada uno de estos cuatro capítulos de las consecuencias derivadas de una invasión coronavírica para la que ningún país, sociedad, régimen estaba hoy en condiciones de afrontar. Los miles de muertos e infectados compiten con los cientos de miles de empresas cerradas y los millones de trabajadores en paro. Es como una maldición bíblica, en la que las siete plagas de Egipto se concentraran en una sola y los cuatro jinetes del Apocalipsis se dispusieran a cabalgar pronto contra la columna vertebral de la democracia española.

A este grave cuadro objetivo, hay que sumar la agitación de Vox, Aznar e intelectuales orgánicos de la derecha que intentan jugar con los anillos de la serpiente sin enredarse en ellos. De estos tres actores de la involución, Abascal es el menos peligroso, por cuanto da la cara y no oculta su estrategia. No son más que la infantería dirigida por un estado mayor, la FAES, que utiliza la retórica constitucional para poder vaciarla de contenido con el prefijo pre que evoca el período 1975–1977 de la Monarquía preconstitucional. Mientras que Vox rechaza el nuevo pacto de la Moncloa, Aznar lo condiciona previa ruptura del gobierno de Pedro Sánchez y las cabezas subordinadas los aceptan limitándolos a un pacto presupuestario.

El escritor Antonio Scurati ha revelado el ADN de este asalto a la democracia en su biografía novelada, M, sobre Benito Mussolini, editada en enero de este año por Alfaguara. Aquel cuadro de la Italia de 1919–1924 , con una crisis análoga a la española, provocada por la I Guerra Mundial, explica como los camisas negras alcanzaron el poder apoyados en una mayoría de italianos hastiados de la clase política, seducidos por la demagogia, en busca del orden y la seguridad. Son las clases medias hundidas y las trabajadoras al borde mismo de la miseria las que abandonaron la democracia y empujaron a la Monarquía constitucional de los Saboya a reconvertirse en preconstitucional, al tiempo que la serpiente devoraba a los que pretendían manipularlos. Algo así podría ocurrir en España si los demócratas no reaccionan.

Máxime cuando no son pocos los líderes, partidos políticos y medios de comunicación que todavía no captan las dimensiones reales de la serpiente involucionista. La dilación de Casado a la hora de ir a la Moncloa, los intentos de patrimonializar leyes del Consejo de Ministros, la incontinencia verbal de unos y otros, refleja que la clase política aún continua pensando que tras el coronavirus todo volverá a ser políticamente como antes, y que el electoralismo debe ser aún el primer criterio de los partidos cuando mañana nada será como ayer. Debe ser el fondo ácrata que late en la  la sociedad española, aquellos  anarquistas que durante la guerra civil afirmaban que lo primero era hacer la revolución y luego ganar la guerra.

Sánchez, aunque tarde, ha reaccionado con inteligencia al proponer unos nuevos pactos de la Moncloa que sirvan como un escudo democrático contra esta amenaza. Pero parece evidente que esta negociación no puede alargarse tanto en el tiempo como sucedió con los cuatro meses de los nacionalistas catalanes. La clave no se encuentra en la derecha política sino en la derecha económica, como también la estuvo en el ejemplo italiano. Luego, el Gobierno de Sánchez debería preguntar a esa derecha real, la económica, si está por apoyar a una derecha democrática, que como Rajoy  apoya la renta mínima vital, o a una derecha como la FAES que trata ahora  de instrumentalizar el coronavirus para vaciar la Constitución de 1978. Cuando conozca esta respuesta, Pedro Sánchez sabrá si logrará sumar a Pablo Casado en ese escudo democrático que, no es por casualidad, vuelve a llamarse los pactos de la Moncloa. No en vano, en 2020 se afrontan los mismos peligros que en 1978. .