El desconcierto

El estado de malestar

Al tiempo que se inicia la desescalada política, con el primer acuerdo de Pedro Sanchez con Pablo Casado, puede comenzar una escalada social provocada por los efectos de la pandemia sobre el tejido sociológico. La vuelta a la normalidad progresiva, decidida ayer por el Consejo de Ministros, alivia tanto como inquieta. El miedo anterior al coronavirus, sin dejar de existir, empieza a ser sustituido por el miedo al  paro crónico o al cierre definitivo de empresas o negocios, cuando no al pánico a los reales recortes que sienten los pensionistas, los funcionarios o los desempleados para poder cargar sobre sus nóminas la multiplicada carga de la deuda. Todos y cada uno de ellos pueden formular también, con muchísimas más razones, la pregunta que  algunos  intelectuales formulaban  a la Moncloa ¿y qué hay de lo mío?

Aún no ha terminado el confinamiento, que como un acordeón puede volver a cerrarse, y ya los comedores sociales están a tope, cuadruplicándose la afluencia, y la demanda en los bancos de alimentos ha subido un 30% . La última encuesta de población activa, que solo recoge dos semanas del estado de alarma, muestra cifras que apuntan a una hecatombe en el empleo. Todo ello sin contar con los aproximadamente dos millones de personas que trabajan en la economía sumergida. Por mucho que el presidente Sánchez haga honor a su compromiso de no dejar a nadie en la estacada, y lo hace con creces, es obvio que de los subsidios no se puede vivir más que por un tiempo.

Un fondo de amargura, ira e indignación puede acabar aflorando  en todos los segmentos de edad, al igual que sucedió con los jóvenes aquel el 15 de mayo de 2011. La interrogante es quién encauzará políticamente, ahora en 2020, esta generalizada frustración. Ni la izquierda socialdemócrata ni la izquierda populista pueden, por encontrarse en la Moncloa, canalizarla. Al no existir hoy ninguna crítica política desde la izquierda al gobierno de Pedro Sánchez este encabronamiento social,  agravado por la pandemia, que no es coyuntural sino estructural, corre seguramente el serio riesgo de ser canalizado demagógicamente por potentes fuerzas preconstitucionales.

La banlieue de Paris, joya de la corona del Partido Comunista Francés durante décadas, vota hoy a Le Pen; y de la aparente fortaleza del Partido Comunista italiano, que se exhibía como modelo eurocomunista, nada queda tras la irrupción de Salvini. ¿Por qué España va ser hoy una excepción cuando el Partido Comunista de España nunca vio reconocida su lucha como única fuerza antifranquista real? Ya observaba Carlos Marx que cuando la clase obrera actuaba en sí y no para sí todo era posible en el mundo del trabajo, como se está viendo en Francia e Italia. El coronavirus ha abonado el campo y solo hace falta que lo rieguen con la demagogia del odio y el resentimiento.

Vox , como tercera fuerza política del país, tiene hoy la posibilidad de intentar lo que buscaba. De hecho busca ahogar al sistema democrático, que contempla como el frágil estado de bienestar que promovió es reemplazado  por el estado de malestar, y mañana, probablemente, por el estado penal aplaudido por los que demanden orden y seguridad y que se verán muy alterados por la socialización de la pobreza. Porque si consiguen sus propósitos de desestabilizar todas las instituciones democráticas, quien gana es Vox dado que tiene los pies en la tierra . Fomentando el descontento por abajo y la inquietud por arriba puede ser como un bombero pirómano.

Conviene, pues, que los partidos democráticos, sobre todo PSOE y PP que los encabezan en el intento de conseguir desde el parlamento un nuevo pacto de la Moncloa, reflexionen sobre lo que  bien  señalaba Manuel Azaña en sus memorias: "el sentido común está peor repartido que la riqueza y no hay resolución capaz de socializarlo". Cuanto más dilaten hoy dicho pacto, más crecerá mañana el peligro de explosión social. Sin un claro y firme programa consensuado, que aborde las líneas de la reconstrucción socioeconómica, la nueva pandemia política podría ser tan costosa como la del coronavirus.  O se consigue el pacto en esta rara primavera o el verano dará paso a un otoño más que caliente.