El desconcierto

La incomodidad de Nadia Calviño y Yolanda Díaz

No se entiende bien por qué los portavoces manifiestamente mejorables del PSOE y Podemos, Lastra y Echenique, fueron autorizados a ningunear a dos ministras clave, Nadia Calviño y Yolanda Díaz, un presidente autonómico, Urkullu, y a la presidenta del Banco Santander, Ana Botín, además de los líderes sindicales de CCOO y UGT, Sordo y Alvarez, con motivo del torpe comunicado conjunto con Bildu sobre la derogación integral de la reforma laboral de Rajoy. De una sola tacada, el pacto de reconstrucción, el diálogo social, la relación con el PNV y la apuesta por el contrato social de la derecha económica, formulada días antes desde una entrevista en El País, quedaban en cuestión.

El desconcierto es tal que amigos y enemigos de la vicepresidenta Calviño aseguran haber visto la silueta de una sumisa Elena Salgado bis dispuesta a sustituirla, igual a la que sustituyera a Pedro Solbes en marzo de 2009 cuando se enfrentara a un Zapatero que no veía la crisis económica del 2008, entrando en la Moncloa. O que estrategas de café argumenten sobre las supuestas ventajas políticas que para el gobierno progresista supondría que Miren Aizpurua, portavoz de la izquierda abertzale, reemplace a Aitor Esteban, portavoz del PNV, como aliado de la coalición que gobierna desde enero. Es como si un brote esquizofrénico se hubiera apoderado de las mentes de  quienes dirigen hoy el PSOE y Podemos.

¿Por qué este súbito denominador común contra el diálogo social, político y económico? Explicarlo tan solo por un ataque de nervios ante una votación incierta en el Congreso de los Diputados, como se afirma desde la Moncloa, parece insuficiente e incompleto. Más bien puede encontrar una relativa explicación en ese cabalgar contradicciones, metáfora utilizada por Iglesias, que está dejando al equino gubernamental sin aliento. Casi a los seis meses de empezar a gobernar, y sobre todo en medio de una terrible pandemia que los ha dejado desnudos, los inquilinos de la Moncloa se interrogan sobre lo que es posible hacer máxime cuando no tienen claro con quien hacerlo.

El problema de fondo radica en los tres sujetos históricos sobre los que se sustenta el PSOE, Podemos y Esquerra Republicana o Bildu. La clase para la izquierda socialdemócrata, el pueblo para la izquierda populista y la nación para la izquierda nacionalista. No hay más que observar las polémicas sobre qué política económica, qué política social y qué política territorial para poder comprenderlo, sin olvidar, además, algo tan decisivo como es la política de alianzas. Así la incomodidad de Nadia Calviño no es solo con Podemos sino también con el PSOE, al igual que la de Yolanda Díaz  no es solo con el PSOE también con Podemos. Otra sería hoy la cuestión si ayer hubiesen sintetizado los tres sujetos históricos antes de llegar a la Moncloa .

Tampoco ayuda la vida amorfa que llevan las organizaciones del PSOE y Podemos. Cuando acaba de cumplirse, el pasado 19 de mayo, tres años de la sublevación de las bases socialistas que devolvió Ferraz a Pedro Sánchez, el socialismo parece haber entrado en un proceso de hibernación latente, como si se hubiera agotado en aquella lucha histórica. En cuanto la izquierda populista tampoco da muchas mejores señales de vitalidad a juzgar por los índices de participación, solo un 11%, en la reciente reelección de Pablo Iglesias como secretario general de Podemos. Con excepción de la izquierda nacionalista, mucho más por el adjetivo que por el sustantivo, la desmovilización social en la izquierda es la regla.

Si no se superan estas cuatro incomodidades políticas el otoño puede ser bastante complicado para el gobierno progresista. Nadia Calviño deberá presentar los Presupuestos antes del 30 de setiembre, Yolanda Díaz encabezar el diálogo social, Iñigo Urkullu recuperar su condición de aliado parlamentario y Ana Botín su papel de interlocutora de la derecha económica. Cuanto antes Sánchez despeje estas sorprendentes dudas, podrá intentar enfilar la legislatura desde, por y para el pacto político, económico y social.  No le queda más tiempo para encauzar esta crisis soterrada que los tres meses de verano. O la resuelve o lo soterrado surgirá con especial virulencia.