El desconcierto

Maniobras previas al Día de las Fuerzas Armadas

Menuda víspera del Día de las Fuerzas Armadas, que se celebra el próximo sábado presidida por Felipe VI. La nostalgia de Narcis Serra se dejará sentir con la presencia de ese elefante en la cacharrería de Interior que es hoy el juez Marlaska. Un coronel cesado, un tenientes general cesado y otro dimitido en solidaridad, un general de división seleccionado por el ministro como DAO (Director Adjunto Operativo) de la Guardia Civil, en vez de uno de los tres tenientes generales de la Benemérita como es tradicional en este Cuerpo de la Seguridad del Estado, y una directora del cuerpo manifiestamente mejorable. Aunque el magistrado Marlaska lo explica todo como un reajuste normal producto de una cuestión de confianza, las preguntas son obvias: ¿por qué se eligió este mismo lunes para la remodelación? y ¿qué ocurre en hoy Interior para que no solo el coronel sino también los tres tenientes generales tampoco puedan gozar de la confianza y hayan sido preteridos como DAO?

Las consecuencias de estos hechos saltan a la vista con la bochornosa sesión parlamentaria del miércoles. Ni Pedro Sánchez es Largo Caballero, ni Pablo Casado es José María Gil Robles; pero, sin embargo, parece como si lo fueran y estuvieran en 1936, a la vista de la altura del cruce de insultos, provocaciones y calumnias que se lanzaron en el turno de preguntas. La peor demagogia al por mayor, la diatriba sin límites, acompañada por la claqué habitual de uno y otro líder. Ni el presidente del Gobierno quiso dar una mínima explicación política,  cuidándose mucho de emitir una opinión y de defender al ministro, ni el líder de la oposición se atuvo a las normas de una leal oposición, sino que optó por dar coces sin ton ni son destrozando al juez Fernando Marlaska y encumbrando al coronel Diego Pérez de los Cobos.

Ni Marlaska es el símbolo de la democracia que presenta el Gobierno, ni Pérez de los Cobos es el honor de la Guardia Civi que proclama la oposición. La sombra de la delgada línea roja de la tortura en Euskadi los unió en un no muy lejano pasado.  El hoy coronel procesado  ayer como torturador y luego absuelto; el juez, bien conocido por el Tribunal de Estrasburgo por no ser proclive a investigar denuncias de los torturados. Dos altos funcionarios del Estado tan inteligentes como eficaces, de moral laxa y criterios políticos un tanto flexibles. Compañeros de encuentros y desencuentros: Pérez de los Cobos fue un estrecho colaborador de  Pérez Rubalcaba, cuando Fernando Marlaska acechaba judicialmente al líder socialista por el soplo policial de una redada a la dirección de ETA.

En estos garrotazos dialécticos de baja estofa de esta semana, Gobierno y oposición se olvidaron de la juez del juzgado nº 51, causante del divorcio del juez y el coronel. Quizás, la razón del olvido estriba en que Sánchez no podía cubrirla de reproches, como se hizo con Baltasar Garzón cuando investigaba el GAL. Al fin y al cabo, el nombre de la magistrada Carmen Rodríguez-Medel sonó hacia el mes de enero como posible directora de la Guardia Civil; tampoco Casado podía elogiarla, ya que procesó a Cristina Cifuentes, y a punto estuvo también de procesarle a él. Esta profesional de la judicatura pertenece a una familia de guardias civiles; su mismo abuelo, comandante en Pamplona justo al comienzo de la guerra civil, fue fusilado por los rebeldes franquistas. Cabe recordar que la Benemérita estuvo a punto de ser disuelta por el general Franco en 1939 por haberse mantenido leal a la República como lo fuera el Cuerpo de Carabineros.

El balance de este sainete no puede ser más desastroso. Aunque, bien mirado, decíamos lo mismo la pasada semana a propósito del ninguneo padecido por Nadia Calviño y Yolanda Díaz. Y quizás este que hoy nos ocupa, dentro de unos días sea superado por algún otro estropicio de un gobierno que no da pie con bola y una oposición que no sabe aprovechar con inteligencia los múltiples errores de la Moncloa. Lamentablemente casi todas las instituciones quedan bajo sospecha. El Ministerio del Interior, la Guardia Civil, el poder judicial, además, claro está, del Congreso de los Diputados convertido, como decía Azaña, en el mejor café de cotilleos de todo Madrid. Al menos guardias civiles y policías sacan, en estos tiempos de recortes en  caída libre, una subida salarial del 20%.

El problema es que la sociedad española no está por los clásicos sainetes ni por los posmodernos juegos de tronos, ni muchísimo menos tampoco para que algunos incompetentes, tanto del gobierno como de la oposición, tapen su ego jugando al tenso parlamento de 1936. La triste realidad es mucho más agarbanzada, gracias a Dios, y por lo tanto, la ira del ministro, el cabreo del coronel y la profesionalidad de la magistrada acabará evidenciándose más pronto de lo que se piensa. Pero esta farsa encierra una lección que no debieran desaprovechar ni el gobierno ni la oposición. Cuanto más tarden en entenderse, mucho más difícil lo tendrá Pedro Sánchez para intentar seguir en la Moncloa, e imposible le será a  Pablo Casado instalarse en ella. Ya decía Carlos Marx que la historia cuando se repite lo hace en forma de farsa, como la del ministro y el coronel  Ninguno se merece las bofetadas que se cruzaron gobierno y oposición ayer en el Congreso.