El desconcierto

El virus centralista del Tribunal Constitucional

Tras una triste primavera sin apenas noticias de Cataluña, sin duda por el coronavirus, a punto de empezar el verano irrumpen y, como suele ocurrir, pertenecen al ámbito de la crónica de  tribunales. El pasado lunes el Tribunal Constitucional, aquejado de un virus centralista, acordaba llevar a pleno el recurso de toda la derecha contra la fórmula de juramento o promesa, con apostillas añadidas, de 29 diputados soberanistas; el  mismo martes, el Tribunal Supremo prohibía a la Generalitat de Valencia el uso del catalán como idioma de comunicación administrativa con Cataluña y las islas Baleares, y el miércoles diputados del Partido Popular retomaban en el Congreso y en el Senado las denuncias a Pedro Sánchez por volver a dialogar con Esquerra Republicana.

Desde que el mismo Tribunal  Constitucional se cargara en su día el Estatut de Cataluña, aprobado por los dos parlamentos a la vez que refrendado por la mayoría de los catalanes, no se había vuelto a suscitar una propuesta como la del juramento o promesa sin apostillas. Que, de aprobarse mañana, dejaría a 29 diputados de Esquerra Republicana, Junts per Catalunya, CUP,  EH Bildu y Podemos sin escaños, salvo que rectificaran el juramento o promesa apostillado en diciembre pasado. Otro disparate, diez años después del  que generó el choque entre la Generalitat y la Moncloa, y que encierra no pocas lecciones sobre aquel error como para que se vuelva a repetir, a no ser que lo que se busque sea precisamente reeditarlo. Porque no se entiende que se utilice la letra contra el espíritu de la Constitución.

Cabe hacerse la pregunta, a la vista de lo muy mal parada que ha quedado la derecha tras haber cabalgado montada en el coronavirus para intentar llegar a la Moncloa cuanto antes. El destrozo es general. La derecha política, el PP, ha hecho el ridículo con un jinete como Casado; la derecha económica, el mundo empresarial, apuesta por la sensatez del pacto, tal y como bien se ve en la cumbre de la CEOE, y Ciudadanos se encamina a marcha forzada hacia el centro derecha. Mientras tanto, la derecha mediática no da pie con bola, no sabe si mantenerse con Vox o romper con Santiago Abascal, mientras la derecha togada vuelve a obstruir la política de dialogo de Pedro Sánchez con acciones judiciales que lo dificultan e incluso anulan.

No hay mejor cemento para tapar las grietas de toda la derecha que el que se fabrica crispando la sociedad catalana. No falla. Cuanto más logran crispar Cataluña, mas crispan España. Así, para impedir un pacto de Inés Arrimada con Sánchez, nada mejor que darse de buenas bofetadas con los soberanistas. Exactamente lo mismo, si se persigue romper las patas de la mesa de diálogo del Gobierno con el soberanismo catalán, dado que el PSOE de Andalucía, Castilla la Mancha y Extremadura sufren electoralmente cada vez que se sienta la Moncloa con la Generalitat. Ni que decir tiene que el principal objetivo es que el pacto de reconstrucción se vaya al garete.

En resumen, todos contra todos. Pueblos contra pueblos, clases contra clases, gobierno contra oposición, derecha contra izquierda, Poder Judicial contra Poder Ejecutivo, ciudadanos contra los uniformados, trabajadores contra empresarios. Todo aquello que los ultras no consiguieron lograr en la transición, pueden lograrlo hoy dado el nivel de la nueva clase política. Con Suárez, Fraga, González y Carrillo nunca fue así. Pero hay lo que hay, y con este material el Gobierno tiene la obligación de trabajar políticamente, junto a todos los partidos para intentar aunar todos los esfuerzos ante la catástrofe a la que la sociedad española previsiblemente hará frente este próximo otoño. O Pedro Sánchez organiza y encauza la moderación política o los profesionales de la demagogia acabarán enfrentándonos.

No serían especialmente preocupantes estas noticias centralistas sobre Cataluña, si no fuese hoy la Torre de Babel que ya lo fuera durante la II República. El infantilismo histórico del que adolece Esquerra Republicana es una de las principales bazas políticas con la que cuentan quienes trabajan para la involución de la democracia española, incluida la catalana. El izquierdismo retórico es uno de los principales graves problemas internos que padece Pedro Sánchez, y se sostiene sobre esa guardería política que es Esquerra Republicana y adláteres. El eje de la presente coyuntura política no gira en torno al conflicto nacional de Cataluña con España, ni muchísimo menos a la dialéctica derecha e izquierda, sino al dilema reconstrucción o hundimiento. O, lo que es lo mismo, democracia o involución.