El desconcierto

La coexistencia pacífica del gobierno Sánchez

Alto el fuego en la Comunidad de Madrid, tras la reunión del presidente Sánchez con la presidenta Ayuso, aunque no sabemos por cuanto tiempo. Los partidarios de la guerra fría entre derecha e izquierda están que trinan dado que siguen preguntándose qué mejor ocasión para tumbar un gobierno que el arma de la pandemia. No es ese, pues, el criterio del equipo gubernamental de Pedro Sánchez a juzgar por la reflexión esbozada por el mismo presidente en su entrevista del sábado con Iñaki López: un acuerdo inédito e histórico para una situación inédita e histórica ante la actual crisis sanitaria, económica y social.

Estas significativas palabras son la introducción a su objetivo de conseguir la aprobación de las cuentas del Estado con una mayoría parlamentaria mucho más amplia que la que facilitó su investidura el pasado mes de enero. Una mayoría que desborde claramente los 176 diputados, caricaturizada como el Arca de Noé por  aquellos publicistas que se aferran a la vieja política anterior al coronavirus. Veremos pronto si supera la primera prueba parlamentaria con el denominado techo de gasto que marcará el comienzo de la tramitación de los números del Estado. Pese a que el presidente del Gobierno admitió en La Sexta que tal vez podía pecar de ingenuo, parece claro que su pecado, de existir, no es en absoluto el de la la ingenuidad, en todo caso, el de la ambición.

Para el gobierno democrático de Sánchez la batalla de hoy no es ideológica, es epidemiológica. Si la coexistencia pacífica de los EEUU con la URSS nació de la amenaza de una posible guerra nuclear, en la que no habría ni vencedores ni vencidos; la coexistencia pacífica de Pedro Sánchez nace de la necesidad de combatir a una pandemia que amenaza tanto a derecha como izquierda. Si en primavera, el presidente del Gobierno sugería recuperar el espíritu del pacto que hizo posible la Constitución de 1978, que no fue escuchado, en el otoño vuelve a proponerlo con la votación de los nuevos Presupuestos del Estado, y ahora con la creación de un organismo de coordinación entre la Moncloa y la Puerta del Sol de cara a una lucha eficaz contra el coronavirus.

La devastación social y económica que acompaña a la pandemia erosiona gravemente los cimientos políticos del sistema democrático, por otra parte no muy sólidos, cercado además por la involución política que lidera el nacionalpopulismo de Vox. Al igual que de la crisis económica del 2008 brotó el movimiento del 15- M,  de la actual crisis sanitaria y económica se está gestando hoy otro fenómeno: una rebelión social contra la partitocracia, que surge del total descrédito de los profesionales de la política. La creciente debilidad de los partidos políticos, salvo el PSOE, puede llevar no poco de ese descontento a la creciente bolsa electoral de Santiago Abascal, puesto que el PP, tras la Kitchen, no está ni se le espera, y Ciudadanos remonta a un ritmo  aún por debajo del necesario.

Ante este preocupante cuadro, el gobierno de Pedro Sánchez procura evitar el error de Francois Mitterrand: estimular, para beneficiarse electoralmente, esa tendencia radical populista que crece en el electorado de la derecha. Acabar de hundir al Partido Popular y estancar a Ciudadanos sería, en la mejor de las hipótesis, pan para hoy y hambre para mañana. De esa mala tentación surgió el potente Frente Nacional de Le Pen, por no hablar del ascenso de Hitler en una Alemania de ayer con muchos inquietantes paralelismos con la España de hoy. La negociación con Inés Arrimadas de los Presupuestos  y la reunión con Isabel Ayuso sobre la pandemia evidencian la enorme preocupación del gobierno de Sánchez.

Las urgentes tareas del gobierno progresista son, esencialmente, de orden democrático: impedir que la democracia  pueda ser una víctima más de la pandemia del coronavirus. Tanto para combatirla, como para defender el sistema democrático, es vital que el Gobierno supere cuanto antes la profunda cojera política que padece in crescendo en su pierna derecha. Quienes hoy lo olviden, priorizando el cambio social a la defensa de la Constitución de 1978, cometerían la misma equivocación que ya hicieran hace ochenta años los que se proponían hacer la revolución sin haber ganado la guerra. Afortunadamente, Sánchez parece ser consciente de que España necesita un acuerdo inédito e histórico para una situación inédita e histórica.