El desconcierto

La intervención militar

La imagen de los soldados con pico y pala en las calles de ciudades y pueblos españoles no es, desde luego, la que esperaban tanto los nostálgicos del régimen de 1939 como los apocalípticos del régimen de 1978, si nos atenemos a sus visiones respectivas sobre las Fuerzas Armadas en el tenso debate público que precedió a la reciente Pascua Militar. La intervención de la Unidad Militar de Emergencia, tras  la irrupción de la borrasca Filomena, rompe  todos los estereotipos demagógicos sobre los profesionales de la milicia.  Los ejércitos de Tierra, Mar y Aire cumplen hoy una función social bastante alejada de la que preconizaban o denunciaban los de sacar el Ejército a la calle.

Tampoco buscan, como Casado, la  foto propaganda del pico y la pala. Lo que las Fuerzas Armadas realizan ahora en España ya lo hacen en Malí, Afganistán, Líbano y Bosnia. Misiones sociales que tienen como objetivo esencial ayudar a superar coyunturas adversas. Desde que Aznar entrara en guerra con Irak, siguiendo la consigna estadounidense, España no ha vuelto a caer en la tentación de crear una División Azul en Oriente Medio o en los Balcanes. Las Fuerzas Armadas españolas son una fuerza pacificadora allí donde han intervenido, siempre bajo la legalidad del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

El error de los nostálgicos del 39, como de los apocalípticos del 78, es creer que el Ejército español es el mismo que existía bajo el dictador Franco y que la democracia constitucional no ha conseguido cambiarlo pese a las cuatro décadas transcurridas. Como si la integración en la OTAN, la entrada en la Unión Europea o la reforma militar  emprendida por Narcis Serra, bajo el primer gobierno de González, no hubiera marcado a los profesionales de la milicia. Probablemente, cegados por sus respectivas ambiciones ven hoy a las Fuerzas Armadas de 2021 como si continuaran siendo la harka Millán Astray de 1921. Cuando del africanismo militar no quedan ni las raspas.

Nadie más y mejor que los militares se han adaptado a la Constitución de 1978. Mientras que todavía algunos jueces reclaman un poder autónomo judicial, con un Consejo General del Poder Judicial ajeno a la soberanía popular, o sectores de la  policía han funcionado hasta hace poco con un poder autónomo, bajo la cobertura de Policía Patriótica, los militares se atienen a la función que les marca la Constitución vigente.  Su lealtad ha sido total más allá de las discrepancias puntuales que en uno u otro momento hayan podido darse. Probablemente, la experiencia amarga del 23-F ha sido la mejor vacuna profesional contra la vuelta a los pronunciamientos del siglo XIX.

Soldados limpiando nieve, desinfectando residencias geriátricas, rescatando cadáveres, ayudando a la gente es la foto fija de las Fuerzas Armadas. Esa simbiosis del Ejército con el pueblo es el más rotundo mentís a tanto agorero profesional. Quienes juegan frívolamente a resucitar la cuestión militar chocan con los picos y palas de los militares que ocupan nuestras calles para liberarlas de la nieve, o con los que también ayudan a los sanitarios públicos a combatir el coronavirus. No es esa, por supuesto, la intervención que  ahora preconizan los nostálgicos  o denuncian los apocalípticos, pero es la real, la que se da a pie de calle. Es la realidad desmintiendo los deseos de los que buscan rentabilizar la nostalgia o el apocalipsis.