El desconcierto

¿ Por qué Aragonés veta a Illa ?

Las encuestas, sobre todo la del CIS , anticiparon los resultados de las urnas catalanas: la victoria de Illa, el mini sorpaso de Aragonés sobre Borrás, y el maxi sorpaso de Abascal sobre Casado y Arrimadas.  El reparto de la túnica de la líder de Ciudadanos ha hecho que el PSC haya recuperado muchos votos prestados a Ciudadanos y que Vox haya barrido a los que ayer describía como derechita cobarde tanto como derechita veleta. Ha sido la derecha nacional populista la que se ha beneficiado de la foto de Colón, al preferir los electores de este espacio político el  potente original de Vox  a las pésimas copias del PP y del Ciudadanos. Algo análogo ha ocurrido también en el espacio nacionalista con la inutilidad de los setenta y siete mil votos de un PdCat que sin poder entrar en el parlamento han impedido que Puigdemont superara a ERC.

Ha ganado Illa, pero gobernará Aragonés vetándole. El gobierno "in pectore" que prepara el líder de ERC es ajeno a la fórmula del tripartito progresista de los gobiernos socialistas de  Maragall y  Montilla del que sus precedentes líderes formaron parte en la pasada década. El veto anunciado al PSC es tan coherente con el fin secesionista como incoherente con el sustantivo Esquerra que lleva en sus siglas. Da prioridad al pacto con la derecha catalana en vez de priorizar la unidad de izquierda. Nada nuevo en una trayectoria política repleta de continuos zig-zags. De ahí que el eje  político del gobierno Aragonés vaya a ser la consecución del llamado derecho a la autodeterminación.

Bajo ese derecho se envuelve el derecho a la independencia de Cataluña. Su reconocimiento, incluso antes de que se pueda ejercer, es ya asimismo el reconocimiento implícito de la independencia. Solo quien ya es soberano puede votar sobre su soberanía. La cuestión no es el referéndum, viable legalmente si lo autoriza el Gobierno del Estado, sino la concreta pregunta de San Valentín que podría desbordar el texto constitucional. Justo por ello mismo Aragonés veta la presencia del PSC, que acaba de ganar las elecciones, en el gobierno que desde ayer intenta formar deprisa y corriendo. Veto que vuelve a marginar a la mitad  de la sociedad catalana justo cuando acaba de tender la mano  a la mitad independentista.

La interrogante es obvia, ¿puede la mitad de Catalunya, que se reconoce en Aragonés, plantear el derecho a la independencia sin dialogar con la otra mitad de Catalunya, máxime después de una abstención extraordinaria? O, formulada a la inversa, ¿puede la mitad de España, que se reconoce en Pedro Sánchez, negociar sobre Cataluña sin dialogar con la otra mitad, que hoy vota opciones de derecha? Si Puigdemont empuja a Aragonés a lograr la pregunta de San Valentín, Casado, Arrimadas y Abascal  empujan a Sánchez a bloquearla. Nadie en su sano juicio puede pensar que únicamente dos mitades de España y Cataluña puedan pactar un referéndum de espaldas a las otras dos mitades. Quizás lo piense Aragonés, pero no Sánchez.

De la resolución correcta de esta pregunta de San Valentín depende el futuro de la sociedad española.  Vox es el precio a pagar por no haberla resuelto ya, y, por lo que acabamos de ver ayer al convertirse en la cuarta fuerza política de Catalunya,  el coste puede aún ser muchísimo mayor. Perspectiva política que se agrava si se observa tanto a los del PP como a los del Ciudadanos  bien hundidos electoralmente y perdidos políticamente. Quizás algunos aventureros, de los que estamos bastante bien dotados, calcule hoy que la irresistible ascensión del nacionalpopulismo español puede serles bastante rentables en sus objetivos políticos, tanto en Madrid como en Barcelona. No tardarán en comprobar sus efectos perversos sobre la dialéctica democracia e involución que todavía nos envuelve.