El desconcierto

Una buena foto incompleta

El rey Felipe VI, el presidente del gobierno Pedro Sánchez, el presidente de la Generalitat Pere Aragonés (i), y la alcaldesa de Barcelona Ada Colau, hoy domingo en Barcelona durante la cena inaugural del Mobile World Congress.- EFE / Toni Albir

Nada define mejor la actual coyuntura que la foto de Felipe VI con Pedro Sánchez y Pere Aragonés cenando en torno a una mesa ovalada. Que el Rey de España, el presidente del gobierno de España y el presidente del govern catalán se hayan sentados juntos en Barcelona es un buen augurio sobre las perspectivas políticas del llamado reencuentro, aunque sea una foto incompleta dado que solo aparece en ella uno de los dos rostros del independentismo catalán. Porque el ausente, Carles Puigdemont, tanto monta, monta tanto como el presente, Pere Aragonés, en la familia independentista, no puede todavía pisar territorio español si quiere evitar el ingreso en la prisión.

Ahora que tanto se compara la gestión de Pedro Sánchez en Cataluña con la de Adolfo Suárez en toda España, durante la tensa transición en 1978, viene ahora a colación  evocar la torpe tentativa de Manuel Fraga de separar la negociación con el PSOE de la que se efectuaría mucho más tarde con el PCE. Lógicamente, Felipe González eludió caer en esa trampa para elefantes y codo con codo con Carrillo negoció con el gobierno centrista la normalización democrática. Claro está que ni ERC es socialista, ni JxCat es comunista; pero ambos grupos independentistas se encuentran hoy en aquella misma situación, vividas hace cuarenta años por socialistas y comunistas. La lógica del diálogo político de Sánchez conduce a tratar igualmente a las dos formaciones que defienden la independencia de Cataluña.

Es de sentido común: ¿Qué valor tendría un acuerdo en la Mesa de Diálogo con Aragonés si no está suscrito igualmente por Puigdemont ?  Ya le pasó a Rajoy cuando Esquerra de Catalunya boicoteó la tentativa de lo que hoy es JxCat de convocar elecciones, que hubiesen evitado la aplicación del artículo 155 a la sociedad catalana, y le volvería a pasar a Sánchez si cayera en la mala tentación de dividir por dividir al independentismo sin ningún resultado positivo para España y Cataluña. Desde el cierre de las recientes urnas catalanas, en que Oriol Junqueras desechó formar un gobierno de izquierda con Salvador Illa, a la Moncloa no le queda más opción política que la de intentar negociar con todo el independentismo que hoy sostiene a Pere Aragonés en el Palau de San Jaume.

Más aún. Solo desde la plena igualdad de condiciones legales de Puigdemont con Aragonés cabría que Esquerra acabara hoy enfrentándose a Junts per Catalunya, porque de lo contrario Carles Puigdemont se beneficiaría de su condición de víctima política. La Esquerra con la que muchos sueñan en la Moncloa únicamente sería viable, en el caso de que fuera posible, si la foto de la cena del domingo se ampliara e incluyera silla, plato, cubierto y copa para el hombre de Waterloo. Es  tan evidente, que ya se rumorea sobre si sería posible que con Carles Puigdemont se reeditara la operación Carrillo de diciembre de 1976. Es decir, un regreso clandestino a España, seguido de su pronta detención, ingreso en prisión y posterior puesta en libertad.

El dilema para Sánchez es manifiesto. Para avanzar en el diálogo no puede marginar a ninguna fuerza, pero si avanza multiplica el riesgo asumido por la Moncloa desde la aprobación  misma de los indultos. El ajuste de cuentas a los independentistas catalanes del Tribunal de Cuentas en su reunión de hoy, coincidiendo con la reunión de Sánchez con Aragonés en la Moncloa, es todo un  aviso para los promotores del reencuentro del Gobierno español con el govern catalán. No es casual que se haya aplazado la reforma del Código Penal que incluía la desaparición del delito de sedición. Sin la ampliación de la foto  de Felipe VI, Pedro Sánchez y Pere Aragonés, incluyendo a Carles Puigdemont, la Mesa del Diálogo puede terminar en un sonoro diálogo de sordos, pero con su inclusión tampoco cabe asegurar la salida del laberinto catalán. Es el riesgo elegido por Sánchez.