El desconcierto

Puigdemont no es Ibarretxe, ni Junqueras es Otegi

Puigdemont y Junqueras en su encuentro de este miércoles en Waterloo.- EFE

Penúltima intermitencia política de la Generalitat.  La creación de una póliza institucional para hacer hacer frente a las fianzas exigidas por el Tribunal de Cuentas a quienes promovieron el procés. Calificadas como un fraude de ley por algunos juristas diestros, es el penúltimo destello de luz independentista del intermitente de Pere Aragonés. Una vez más en este último mes catalán se avisa de un nuevo giro a la independencia que tampoco se concreta en el anunciado viraje. Es uno más a sumar a los múltiples emitidos desde que el señor Aragonés entró en el palau de San Jaume y los nueve presos catalanes indultados salieron de sus celdas sin que el coche oficial del Govern haya abandonado el carril de la Constitución.

Tampoco cabe esperar mucho más de la reunión celebrada entre Carles Puigdemot con Oriol Junqueras. Ni uno ni otro va a dar viraje alguno como lo prometieron en el largo otoño de 2017 precisamente por no haberlo dado pese a haberlo prometido. Están donde ya estaban en aquel verano. Eso sí, donde estaba Rajoy está Sánchez y el deseo de Puigdemont de evitar el choque con Moncloa, frustrado por Oriol Junqueras, es hoy el anhelo de Pere Aragonés de tender la mano derecha a Pedro Sánchez que no acaba de tendérsela, por si se la acaba amputando Puigdemont. Es un empate infinito que les lleva a no avanzar en la confrontación con el Estado, pero a no rectificar de política.

Ni el ayer preso número nueve del independentismo, Junqueras, ni el todavía prófugo del Tribunal Supremo, Puigdemont, tienen el valor de Sánchez demostrado en su implícita rectificación política sobre la aplicación del 155. La implacable oposición de Pablo Casado, que calcula con llegar a la Moncloa montado sobre el dragón catalán, no le arredra pese a que no hay encuesta que no le señale el elevado precio electoral a pagar por intentar dar la mano a quien responde con un puntapié. Aunque la Moncloa sabe bien que el principal obstáculo para encauzar la cuestión no es la algarabía del Partido Popular, sino el intermitente catalán que lo alimenta, continua firme en su muy arriesgada apuesta catalana.

El riesgo de Sánchez estriba en que Puigdemont no es Ibarretxe, ni Oriol Junqueras,  Arnaldo Otegi. Ibarrretxe promovió su plan soberanista desde la legalidad y cuando fue rechazado por el Congreso fue sustituido.  Igual con Otegi, quien abanderó la vía política en la izquierda abertzale tras medio siglo de violencia  de ETA.  En ambas siglas nacionalistas vascas se acabó imponiendo el principio de realismo político inexistente hasta ahora en el nacionalismo catalán. O, ya en el marco estatal,  el que dio toda la izquierda española durante la transición en la que Felipe González y Santiago Carrillo negociaron la reforma política con Adolfo Suárez tras  el bloqueo de la ruptura política que habían defendido.

Como bien advertía Machado a quienes no evaluaban la  correlación de fuerzas, nada es hoy más peligroso que el retroceso de la culata política. Sobre todo, de la culata catalana. De que Puigdemont y Oriol Junqueras sepan leer la experiencia vasca dependen, en última instancia, las perspectivas de Cataluña y asimismo las del resto de España porque el gobierno progresista no puede hacer hoy más de lo que está haciendo a costa de jugarse la Moncloa. Quedan dos años para que el independentismo deje de jugar con las luces intermitentes y opte por enfocar las luces largas en la dirección  de un sólido acuerdo político. De lo contrario, Sánchez habrá perdido su apuesta, el PSOE la Moncloa y los independentistas no habrían ganado nada.