El desconcierto

La embestida de Casado

El líder del PP, Pablo Casado participa este martes en el desayuno informativo del Fórum Europa en Madrid. EFE/J.J. Guillén

Suma y sigue. Antes de verano como después. Casado eleva su apuesta tremendista. Sánchez es el conjunto de todos los males sin bien alguno. Lo vimos en Ceuta, pese a los elogios del alcalde del PP o del presidente Biden a la gestión de la Moncloa en la retirada de Afganistán, ese país donde España no debió de entrar nunca. Pudo verse ayer en el discurso de la derecha togada cuestionando los recientes indultos, durante la inauguración del Año Judicial, coincidente con las presiones a Iñigo Urkullu sobre la excarcelación de los presos vascos. Y se volverá a ver este próximo fin de semana con la celebración de la Diada catalana,  aunque, previsiblemente, la participación social no será tan masiva como cuando gobernaba el Partido Popular.

Pablo Casado busca el atajo que le lleve directo a la Moncloa, que antes encontraron primero Aznar, y Rajoy, después. No lo tiene nada fácil. De Euskadi ya no vienen cajas de pino; tampoco de la Unión Europea, la reforma del artículo 135.  Lo que recibimos de Bruselas son unos 140.000 millones de euros, que traen a mal traer a los que acusaban a  Felipe González de pedigüeño por conseguir los fondos europeos. La pandemia no da para más y la vacunación no puede ir mejor. Quedan, eso sí, cuestiones como la facturación de los recibos de la luz, pero Casado no se atreve como  Abascal a sumarse ala manifestación populista del próximo 18 de setiembre contra la subida.

Vox. Ahí está el quebradero de la mala cabeza de Casado. Por vez primera en España la derecha extrema no es un grupúsculo como lo fuera Fuerza Nueva en la transición, ni se ve obligada a practicar el entrismo en el PP como sucedió bajo Aznar y Rajoy. Vox es la tercera fuerza parlamentaria y su relación política con el PP es de una a tres. Esta novedad es la aportación política de Casado, dado que este huevo de la serpiente se incubó bajo el nido de la demagogia sobre Cataluña que el PP tomó de la derecha radical. Dos partidos, un proyecto y cero liderazgo, puesto que ni  el propio Abascal desea liderar esta alternativa, ni Casado puede hacerlo.  La experiencia política de  Ayuso y el peso intelectual de Cayetana Alvárez de Toledo son la pesadilla de  un Casado que carece tanto de experiencia como de formación.

Pese a que quien se lleva todas las bofetadas es Sánchez, que ha acentuado el perfil de centro izquierda del PSOE, hay que reconocer que más de una va dirigida al centro derecha de Núñez Feijóo y Moreno Bonilla. Nada les preocupa más a los demagogos que la perspectiva centrista pueda consolidarse en los dos  bloques sociales. Lógico, dado la común necesidad de camuflar el dilema real de la sociedad española -democracia o involución- con las máscaras de derecha e izquierda como si la controversia política de los españoles radicara hoy en esa confrontación económica, política, ideológica y social. Esa ansiada polarización, gestada por Franco, quebrada por Suárez  y deshecha por Felipe González, es hoy el objetivo de Casado and Abascal que vuelven a intentarlo tras el primer intento fracasado de Aznar .

Tienen dos años por delante para conseguirlo, pero es harto difícil que puedan ganar, y parece aún más imposible que pudieran gobernar. Lo que parece bastante probable, desde este horizonte, es que Sánchez continúe como inquilino de la Moncloa en 2023, tanto como que Casado deje de protagonizar el liderazgo de esta embestida. No embiste quien quiere sino quien puede, y  el líder del PP no puede ni intentarlo sin Abascal. Ese es su problema y el de la derecha muda pero no sorda. El primer obstáculo para esta embestidura de Casado no es  Pedro Sánchez, ni el PSOE, ni la España periférica, ni el centro izquierda, sino ese centro derecha que no tiene nada que ganar y sí mucho que perder si no resuelven su desbarajuste interno. Y es que sólo quienes no piensan, embisten.