El desconcierto

Las incógnitas bélicas de Sánchez

Imagen de archivo. Pedro Sánchez en una recepción en Moncloa.- R.Rubio.POOL / Europa Press

La misma lógica geopolítica que llevó a Stalin a invadir Polonia en 1939,  ganar espacio y tiempo, ha conducido hoy a Putin a invadir Ukrania, ganar el colchón del territorio ucraniano, tras el fracaso de la mediación de Macron entre Washington y Moscú. La guerra, pues, vuelve a reaparecer en el viejo continente desde el final de la II Guerra Mundial con la única excepción del bombardeo de Belgrado, ordenado por Javier Solana a finales del siglo XX como secretario general de la OTAN. Así España pone punto final a más de un siglo de neutralidad dado su compromiso atlántico, refrendado por el pueblo español en 1986, pese a la entonces oposición de IU y del PP  que se acaban de sumar casi cuarenta años después  a las tesis de González.

Aunque ahora, afortunadamente, las Fuerzas Armadas españolas no van a trinchera alguna, nadie desconoce que no están al nivel operativo necesario. Por mucho que desde la época del ministro de Defensa Narcís Serra se hayan profesionalizado y terminado con la estructura africanista heredada de la dictadura. No hay más que repasar los presupuestos militares para comprender que por Tierra, Mar y Aire somos manifiestamente mejorables, y que crisis como la que vivimos ha cogido de imprevisto tanto a los profesionales como a todos sus responsables políticos. Es un problema recurrente. Ahí seguimos teniendo dos ciudades españoles, Melilla y Ceuta, sin el paraguas de la OTAN, pese a que mañana Mohamed VI pueda hacer de Putin. Carece de sentido que su artículo V obligue a luchar en Kiev y no en Ceuta.

¿Quién financia la guerra? La sociedad española está dispuesta a correr con los gastos militares siempre y cuando se carguen sobre todas las espaldas y no, fundamentalmente, sobre las de los trabajadores. Es de esperar que los agentes sociales, que acaban de firmar un importante pacto social, vigilen hoy el reparto equitativo de esta nueva e inesperada carga sobre los ciudadanos. El problema es muy serio porque Pedro Sánchez va a tener que hacer frente a los números rojos de la guerra justo cuando se las prometía bastante felices con la recuperación de la economía. Ni que decir tiene que las anunciadas sanciones económicas como instrumento de guerra suelen ser un bumerán.

Como no todo van a ser problemas, la guerra coge a Sánchez con Alberto Núñez Feijóo como nuevo líder de la oposición. Escalofríos da pensar lo que hubiera podido plantear el PP con el adolescente político Casado. No es así y la Moncloa puede contar con una seria política de Estado. Tan seria que es muy probable que al calor del clima de unión nacional contra Putin, prácticamente todo el parlamento con Pedro Sánchez, el Partido Popular proponga mañana un gobierno de concertación nacional si el conflicto se enquistara en una guerra de larga duración. Parece muy claro que un conflicto bélico acentúa siempre el perfil centrista de todo gobierno como lo inclina hacia la moderación. Toda guerra recorta derechos a la vez que potencia el pensamiento único que suele ser de derechas.

Todo depende, pues, de la duración de la guerra. Pero sea cual sea la salida del conflicto, si es que la tiene, no cabe olvidar que incluso hasta la década de los sesenta Ukrania vivió bajo el terrorismo, según los rusos, o la lucha armada, según los ucranianos occidentales. Solo en 1959, en que  manos desconocidas arrojaron al vacío a Stepan Bandera, colaboracionista con la invasión alemana, desde una ventana de un hotel en Munich, terminó aquella violencia. Dicho de otro modo, Sánchez va a tener que vivir con la incógnita bélica en los dos años de legislatura que le restan, por no hablar de lo que pueda ocurrir en Taiwan cuando China y Estados Unidos choquen sobre su soberanía. Dos años que desembocarán, además,  con nuevas urnas en Washington que pueden cambiar tanto al inquilino como a la presente política ucraniana de la Casa Blanca.