El desconcierto

Feijóo y el factor K.

El presidente de la Xunta de Galicia y candidato a la presidencia del PP, Alberto Núnez Feijóo, llegando a la jornada de clausura del XX Congreso Nacional del PP, en la que sale como nuevo presidente del partido y se inicia una nueva etapa.- Joaquin Corchero / Europa Press

Apenas ha comenzado Feijóo su mandato al frente del Partido Popular y ya tropieza con el resucitado factor K, que, gracias a la guerra creciente que los anglosajones mantienen con los eslavos en suelo ucraniano, vuelve a ser hoy el factor de los factores. Esa K de Kremlin que vincula objetivamente Rusia Unida, el partido de Putin, con los nacionalpopulismos de Abascal, Le Pen y Salvini en el sur latino de Europa. Pese a que no existe relación manifiesta, salta a la vista su coincidencia ideológica con algunas de las tesis actuales de Moscú: soberanía nacional, Europa de las Patrias, religión de Estado, tradiciones y desglobalización, aunque formalmente, claro está, Vox ha condenado en el  parlamento la invasión rusa de Ucrania.

Vox no está en la derecha ni en la izquierda. Vox está en el Este. Este es el problema número uno para Núñez Feijóo recién llegado a Génova. No sólo es un obstáculo interno, dado su radical cuestionamiento del actual Estado de las Autonomías, sino esencialmente externo, en la medida en que no encaja en la Unión Europea y mucho menos en una OTAN en guerra con Rusia. Si harto difícil es para el PP ir de la mano de Vox en España, mucho más lo es ir de la de Abascal quien a su vez estrecha la de Putin. Cierto es que son dos partidos de la derecha española, pero no lo es menos que el elitismo del Partido Popular, al fin y al cabo es el partido de los muy altos funcionarios del Estado, chirría con el populismo de Vox, partido de los pequeños empresarios.

La reciente huelga de los transportistas, agudizada por la incompetencia de una ministra de Pedro Sánchez, ahorra la necesidad de argumentarlo. Desde aquella famosa huelga de transporte en Chile, unos tres meses antes del golpe que derribó a Salvador Allende, no había vuelto a producirse un conflicto tan desestabilizador para la economía española como este cierre patronal, casi total, nucleado por la demagogia de Vox. Buen botón de muestra del agitpro del nacionalpopulismo, que se produce además en un tiempo de guerra, y que ha encendido todas las alarmas de la UE y de la OTAN sobre la fragilidad de una retaguardia que ya creían haber reforzado con el alineamiento de España con Marruecos en el asunto del Sahara.

Aunque para resolver este desafío social, no transmitir el aumento del crudo a los precios de la gasolina, no son pocos los expertos que advierten ya que Sánchez puede haber reeditado el error cometido por Franco en la década de los 70 al obligar a Campsa a correr con las pérdidas. En este contexto, cabe preguntarse cómo desde la Moncloa serán capaces de abordar no pocas medidas impopulares que afecten a los salarios, beneficios, rentas y gasto público, si Vox opta por hacer de esta crisis su particular 15-M. El muy previsible búmeran de las sanciones contra Rusia, que golpea nuestra desarbolada economía, empieza a retornar de la mano demagógica de los desestabilizadores.

El dilema parece claro. O se combate la inflación desde la unidad de las fuerzas democráticas, aglutinadas en torno a un nuevo pacto de la Moncloa, o el proceso inflacionario puede acabar arrasando nuestras instituciones. Eso exige a Núñez Feijóo no dar la más mínima cancha al factor K y buscar el máximo de acuerdos posibles con Sánchez, que lidera no solo el Gobierno sino también ese partido de la OTAN en España que es el PSOE. No es una tarea fácil, ya que el infantilismo de Casado le ha dejado una derecha bastante atenta a ese flautista de Putin que es Vox, pero la guerra económica, tanto o más importante que la que hoy se libra en las calles ucranianas, le obliga a cerrar prietas las filas con Estados Unidos, la Unión Europea, la OTAN y la Moncloa.