El desconcierto

De la mejor a la peor semana de Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), recibe al primer ministro de Australia, Anthony Albanese, este lunes en el Palacio de la Moncloa, en el marco de la cumbre de la OTAN que se celebra en Madrid del 28 al 30 de junio. EFE/Juan Carlos Hidalgo

La que iba a ser la gran semana  del presidente de Gobierno, codeándose como buen anfitrión con todos los presidentes de la OTAN, parece que se difumina. Al igual que al perro flaco todo son pulgas, a Pedro Sánchez todo se le vuelve hoy en contra desde la caída del PSOE y de su socio morado en Andalucía. Pese a que finalmente ha conseguido media hora de reunión con el presidente Biden, el encuentro del bloque militar atlántico en Madrid será  un éxito relativo porque  Turquía veta la entrada de Finlandia y Suecia a la vez que continúa el status sui generis de Melilla  y Ceuta. Lo cierto es que de las dos rampas de lanzamiento que preparaba en la recta final de la legislatura , la de la OTAN no parece fácil rentabilizarla por las circunstancias que la rodean, y ya solo le que queda el semestre de la presidencia de la Unión Europea a partir de junio de 2023.

Si Sánchez hubiera presentado antes de  las elecciones andaluzas el segundo plan de choque contra la crisis derivada de la guerra  en Ucrania, centrado en ayudar a las  golpeadas clases medias y trabajadoras, habría sido acogido favorablemente y, tal vez, los números rojos andaluces no habrían sido tan pésimos. No es que ahora no sea bien recibido, sino que va acompañado de algunas reticencias que se pueden resumir en la siguiente: por qué hoy se va a lograr lo que no se logró ayer con el primer plan de tan solo hace unas semanas. Máxime cuando la inflación va disparada hacia los dos dígitos, comiéndose en pocos días  ayudas, subsidios, cheques e impuestos. Más concretamente, si la rebaja del IVA de la luz del 21% al 10% no la ha notado el ciudadano, parece bastante dudoso que se  perciba la nueva rebaja del 10% al 5%. Aunque Pedro Sánchez lo consiguiera, la inflación volvería a destejer todo lo tejido desde la Moncloa.

No era, ciertamente la intención del presidente, pero al aparecer este plan de ayuda social en medio de la matanza de subsaharianos, en ese muro de la vergüenza de Melilla, dificulta que se reciba con entusiasmo. Sobre todo cuando el propio presidente del Gobierno elogia inexplicablemente a los autores de la masacre y se limita a lamentar las muertes, en  lugar de condenarlas, como si se tratase de un ligero pisotón. La proximidad de Melilla a Orán, por otra parte, hace verosímil que buena parte de los inmigrantes hayan llegado desde una frontera argelina, tan permeable hoy como lo fuera hasta ayer mismo la marroquí. Esta hipótesis, sugerida por Alfonso Guerra, no es descabellada. Si fuese así, no está de más recordar que además de la de Beni Enzar,  donde  la gendarmería marroquí acaba de cargar, en Melilla existen otras dos fronteras, Farhana y Sidi Guarachi.

Probablemente, este muro, erigido por Aznar y erizado con concertinas por Zapatero, con el que han chocado los muertos de Nador, ha contribuido a que el no a la guerra haya reaparecido en nuestras calles.  Y es que la actual hambruna que se cierne sobre 1200 millones de africanos proviene del conflicto de Ucrania.  Apenas son unos  miles de manifestantes, pero como la guerra va para largo, salvo que Francia y Alemania la frenen, este nuevo no a la guerra puede ser en un mañana próximo un serio problema  para el gobierno de Pedro Sánchez.  No hay que olvidar que España nunca ha participado en una guerra europea desde la invasión francesa de Napoleón, y  en la memoria histórica del pueblo español todavía late aquel artículo, "España renuncia a la guerra como instrumento de política exterior",  de la Constitución de 1931 .

Pese a que ahora todo se vuelve en contra de Sánchez, ni la inflación, ni la matanza, ni la guerra es responsabilidad del presidente de Gobierno, pero lo cierto es que ocupa la Moncloa, y ese hecho lleva  inevitablemente a que cargue con una culpa que no le corresponde. Tan es así que desde la oposición y desde el mismo gobierno se le imputa toda o parte de la culpa, cuando no ha podido, ni puede, ni podrá, hacer nada para poder superar las limitaciones de la geopolítica. Será mucho peor cada mes que recorra en esta recta final de la actual legislatura; recordemos que apenas queda un año para que se abran las urnas municipales y las autonómicas. Entonces, lógicamente, solo contará con sus espaldas para soportar el peso de la púrpura de la Moncloa mientras que el resto de las fuerzas hará caja electoral.