Opinión · Otra economía

Europa y sus enemigos

¡Ay, pobre Europa! Como si no fuera suficiente con una crisis económica, prolongada e intensa, que todavía no conoce su fin, ahora irrumpen en el Parlamento Europeo partidos políticos que enarbolan la bandera del antieuropeismo. Cuando más necesario es sumar esfuerzos y voluntades en ese proyecto compartido que llamamos Unión Europea (UE), se consolidan partidos -en España y en Grecia, en Francia y en el Reino Unido, por señalar los países donde han conseguido más presencia- cuyo denominador común es enfrentar y desmembrar. Si la superación de la crisis requiere una UE fuerte, el nuevo mapa político que surge de las elecciones apunta exactamente en la dirección opuesta. Necesitamos más Europa y ahora tenemos justamente lo contrario, menos Europa.

¿Y quiénes son los culpables? Esa amalgama de partidos donde convergen racistas y xenófobos, euro escépticos e independentistas, izquierdas trasnochadas y grupos anti sistema; todos ellos, unidos en el empeño común de demoler el proyecto comunitario, ese proyecto que, pese a todas las dificultades, avanza y se consolida. ¡Y la celebración de las recientes elecciones al Parlamento Europeo, que permiten reforzar las competencias de la una institución genuinamente democrática, sería una buena prueba de ello!

Del mismo modo que ha sido muy “conveniente y oportuno” responsabilizar de la crisis económica, sin pudor alguno, a los países del Sur, a los salarios o al gasto público excesivo, ahora es de gran utilidad poner en la picota a los partidos “anti europeos”. ¿Planteamiento rancio y simplón? Es posible, pero muy efectivo y con gran fuerza mediática, que es, en definitiva, lo que cuenta. A un lado, Europa (cooperación, progreso y democracia); al otro, su negación, el abismo (confrontación, atraso y dictadura). Aquí están buena parte de los tertulianos y opinadores.

Una cortina de humo, otra más, que oculta lo fundamental; que la gestión de la crisis económica realizada por la Troika y por los gobiernos comunitarios ha beneficiado al capital, a los ricos, a los grandes patrimonios, a los mercados financieros y a las grandes corporaciones, tanto en el Norte como en el Sur, lo mismo en el Este que en el Oeste. De la crisis económica emerge una UE fracturada, desigual y autoritaria (trazos que empezaron a dibujarse con nitidez al menos desde la década de los ochenta del pasado siglo). Aquí está, en gran medida, el origen de tanta frustración y desafección política; también aquí encontramos las claves del nuevo mapa político (y del 15M y de las mareas ciudadanas).

Por cierto, produce sonrojo cómo se pasa de puntillas sobre la baja participación registrada en las elecciones. Nos hemos acostumbrado a todo y no sorprende la superficialidad de los comentarios de unos y otros; que la abstención es normal en unas elecciones europeas, que se ha detenido o suavizado la tendencia a una caída en la participación… Sin embargo, para una democracia digna de tal nombre, esta deriva sería objeto de la máxima atención y preocupación. Y no lo es porque, posiblemente, a los partidos y a los políticos que sostienen, alimentan y se benefician del actual engranaje institucional les va bien y en realidad, digan lo que digan, promueven una democracia descafeinada, de baja intensidad, con poca participación y que, por supuesto, excluye y rechaza el control y la movilización ciudadana.

El fracaso de las políticas económicas implementadas durante los últimos años también ayuda a comprender el viraje político que ha visibilizado las elecciones europeas (y que, con toda seguridad, también verá la luz en las próximas consultas electorales). Y, cómo no, también tiene su cuota de responsabilidad un debate electoral donde los grandes problemas y desafíos que atraviesa y enfrenta la UE han estado simplemente ausentes. Como si las nuevas (y muy limitadas) competencias del Parlamento Europeo representarán un paso decisivo en su solución. Aquí, en el estado español, hemos asistido a un debate, por llamarlo de alguna manera, protagonizado por los dos grandes partidos, tan irrelevante como demagógico, donde apenas han asomado los asuntos europeos, los que importan, que trascienden con mucho las costuras del parlamento europeo y sus prerrogativas.

Así pues, dejémoslo claro, las políticas comunitarias, sustentadas en un diagnóstico equivocado e interesado sobre la naturaleza de la crisis, han promovido un escenario donde al mismo tiempo tenemos menos y más Europa (oligárquica). Es aquí donde hay que buscar y donde encontramos los más furibundos antieuropeos, los que están dinamitando la Europa solidaria,  democrática y sostenible a la que aspira la ciudadanía (que, como hemos dicho y que no conviene olvidar, ya estaba muy debilitada antes de la crisis).

Claro, es más rentable políticamente, da mucho más juego a las instituciones comunitarias y a los grandes partidos poner en la picota a los “anti europeos”. Ese es el estigma y el mantra que hay que alimentar. Pero, frente a una Europa oligárquica y antidemocrática, fracturada e insolidaria, frente a un capitalismo europeo financiarizado e insostenible, no queda otra que reivindicar con fuerza un proceso constituyente desde el que construir otra Europa.  ¿Anti (esta) Europa? Sí, con fuerza y sin demora.

Con esta perspectiva, los resultados cosechados por Podemos, y también por Syriza, son muy esperanzadores. Somos muchos los que nos hemos ilusionado y movilizado con este proyecto; a pesar de los recelos que a algunos nos haya suscitado el personalismo de sus cabezas más visibles y de que habría mucho que decir sobre la consistencia y coherencia de su programa. Todo esto, siendo importante, pasa, en mi opinión, a un segundo plano, ante la sensación (ahora, conocidos los resultados electorales y la distribución del voto, mucho más que una sensación) de que por fin se abría la posibilidad de un espacio social y político abierto, integrador, participativo y horizontal, radicalmente democrático y transformador, muy alejado de los usos y costumbres de los partidos de izquierda tradicionales. El primer paso ha sido rotundo, pero lo verdaderamente decisivo comienza a partir de ahora: articular una mayoría social y política que promueva, sumando fuerzas y esfuerzos, el cambio profundo que tanto necesitamos.