Opinión · Otra economía

El capitalismo, factor de desigualdad

Economista y miembro del círculo de Chamberí de Podemos

En los últimos años, sobre todo, han visto la luz numerosos informes, libros y artículos y hemos asistido a un sinfín de declaraciones relativos a la preocupante progresión de la desigualdad. No sólo desde la izquierda y el pensamiento crítico. Instituciones tan venerables y conservadoras como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial advierten sobre los peligros, para el funcionamiento de la economía y para la estabilidad social y política, del aumento y enquistamiento de la inequidad. Incluso el Foro de Davos, donde se dan cita los más ricos, poderosos e influyentes del planeta, ha mostrado su inquietud ante este problema.

Parecería existir un amplio consenso sobre la necesidad de colocar en el centro del debate y de la agenda pública la consecución de mayores niveles de equidad. Pero ¿qué se quiere expresar con el término “desigualdad”? ¿se utiliza con idéntica o parecida acepción? Es importante contestar estas preguntas pues dicen mucho del diagnóstico manejado y de las políticas a aplicar.

La desigualdad alude por supuesto a las diferencias, crecientes, entre la parte de la renta nacional que se convierte en salarios y la que se apropia el capital; hace referencia también a las enormes disparidades entre los salarios bajos y medios y las retribuciones, también de naturaleza salarial, recibidas por las elites empresariales. Si se pone el acento en la riqueza -inmuebles, activos financieros…- y no sólo en los ingresos monetarios, encontramos asimetrías todavía mayores, con el resultado de que un reducido número de personas y de familias, representado simbólicamente en el 1% de la población (aunque en realidad es en el 0,05% y en el 0,01% donde se dan los mayores niveles de concentración), acumula la mayor parte de los patrimonios.

Vemos la estela de la desigualdad, en continuo crecimiento, cuando reparamos en la contribución de los diferentes colectivos y grupos de la población al sostenimiento de las finanzas públicas. Así, la carga fiscal sobre las grandes fortunas, las rentas del capital y los beneficios empresariales se ha reducido con carácter general, mientras que ha aumentado la soportada por los trabajadores y las pequeñas y medianas empresas.

Existe asimismo desigualdad cuando se pone el foco en las especializaciones productivas de los países y las regiones. Las actividades con mayor valor añadido y que cuentan con mercados más dinámicos se localizan en un pequeño número de economías y enclaves, mientras que la mayoría se encuentran atrapadas en producciones de corte tradicional y de bajo contenido tecnológico. No cabe ignorar en este breve resumen de los perfiles de la desigualdad que las economías del centro -algunas de las cuales son presentadas como “historias de éxito”- se alimentan de la explotación de las periferias: trabajo barato, extracción de recursos y vertedero de la basura generada por los “ricos”.

Las desigualdades son igualmente evidentes en lo que concierne al acceso a la energía y los recursos naturales. Una pequeña proporción de la población, situada en los países “desarrollados”, concentra la mayor parte del consumo global y se encuentra instalada en un modelo económico básicamente depredador e insostenible. Al mismo tiempo, la energía y los recursos absorbidos por el resto de países, donde reside la mayor parte de los habitantes del planeta, es un pequeño porcentaje, lo cual no impide que sufran en mayor medida los efectos generados por el cambio climático.

También existe una profunda y lacerante desigualdad entre, por un lado, la generosidad con que se contempla el libre movimiento de capitales, servicios y mercancías (afirmación que no queda invalidada a pesar de la emergencia de las recientes tensiones proteccionistas), y, por otro lado, las restricciones que pesan sobre la movilidad de la gente, especialmente cuando se trata de personas migrantes, desplazadas, refugiados o trabajadores de poca cualificación.

La desigualdad presenta, por lo demás, una evidente dimensión de género: sobre las espaldas de las mujeres descansa la mayor parte del trabajo de cuidados, necesario para la vida y el funcionamiento de las economías, están sobrerepresentadas en los trabajos más precarios, donde se dan retribuciones más bajas que en el conjunto de la economía, y, a menudo, con igual dedicación y cualificación, reciben un salario inferior al del varón.

La desigualdad es, en consecuencia, un fenómeno complejo y poliédrico, que se expresa en los ámbitos local, estatal y global. Tiene que ver, por supuesto, con las políticas llevadas a cabo durante los años de crisis; políticas que, en lo fundamental, se mantienen. Pero resulta asimismo imprescindible disponer de una visión más amplia que trascienda la coyuntura de la crisis y que dote de sentido y perspectiva la impugnación de las políticas austeritarias y las reformas estructurales que las han acompañado. La desigualdad presenta una dimensión sistémica, forma parte de la quintaesencia del capitalismo realmente existente, es consustancial a su funcionamiento.

En esa perspectiva más amplia hay que ser conscientes de que hacer frente al problema de la desigualdad significa necesariamente cuestionar la lógica del crecimiento y de la competitividad como motores de la economía y los supuestos beneficios asociados a la globalización de los mercados; supone dignificar el empleo, aumentar los salarios de los trabajadores, reduciendo los de las elites, asegurar el ejercicio de los derechos laborales y ciudadanos dentro de los centros de trabajo y reconocer socialmente el trabajo de cuidados; obliga a reducir el poder y la influencia en la actividad económica de los grandes ejecutivos, accionistas, fortunas y corporaciones a través de una fiscalidad progresiva, la regulación de los mercados y la apuesta por un sector público comprometido con las demandas de la ciudadanía.

Se trata, en definitiva, de cuestionar las relaciones de poder, los privilegios de las elites, las estructuras de propiedad y los mecanismos extractivos que los sostienen. Estamos hablando, pues, de la necesidad de cambiar la matriz misma del sistema capitalista. El primer paso para avanzar en esa dirección es, justamente, ofrecer un relato valiente y consistente sobre los grandes desafíos que tenemos por delante y que urge abordar.