Otra economía

¿No dejar a nadie atrás?

Fernando Luengo, economista
Blog Otra economía: https://fernandoluengo.wordpress.com
@fluengoe

No dejar a nadie atrás. Un lema que se ha convertido en una bandera que todos los partidos abrazan y que han hecho suyo los medios de comunicación.

La levanta el gobierno de coalición que, con todos los errores, carencias y precipitaciones que ha tenido, que no han sido pocos, ha tomado muchas medidas destinadas a proteger a los más vulnerables, en un contexto extremadamente difícil, con la pandemia en pleno ascenso y teniendo que enfrentarse a una crisis económica y social inédita y de grandes proporciones.

También la airean, sin pudor, con todo el cinismo del mundo, los partidos que en los últimos años y décadas se han entregado a la tarea de dinamitar el sector público; no sólo la sanidad, también la educación, el sistema de pensiones, los cuidados a la tercera edad y el conjunto de las políticas sociales. La levantan quienes, literalmente, han dejado en la cuneta a amplios sectores de la población. La levantan, impúdicamente, quienes no tienen otro objetivo que desgastar y derribar a este gobierno, ¡qué les importa la pandemia y la muchísima gente que lo está pasando mal y que lo pasará todavía peor en los próximos meses!

Pero la retórica hueca no sólo es patrimonio de la derecha extrema y de la extrema derecha, espacios que cada vez son más difíciles de distinguir. Es el pan nuestro de cada día en economía. El capitalismo de la prosperidad compartida, de la globalización del todos ganan, de la Europa de las convergencias, de la economía que no deja a nadie atrás. Y los que no se benefician de esta arcadia feliz es porque, bien por desidia, bien por incompetencia, no siguen el "camino correcto", la hoja de ruta fijada por los que saben, que, en definitiva, por méritos propios, son los que mandan.

Poco o nada importa en ese razonamiento que la mitad de los habitantes del planeta estén atrapados en el hambre y la enfermedad, mientras que una minoría disfruta de una opulencia escandalosa; que muchos trabajadores a pesar de tener un empleo habiten el territorio de la pobreza, mientras que los ejecutivos de las corporaciones reciben retribuciones elevadísimas; que una pequeña parte de la población mundial consuma la mayor parte de la energía y los recursos naturales, mientras que el resto sufre las consecuencias de un modelo económico depredador; que a millones de personas que huyen de la guerra y de la pobreza se les niegue el pan y la sal y sean confinadas en campos de concentración; que las mujeres sufran discriminación y una violencia sistémica y sistemática frente a los varones en un mundo patriarcal y machista; que la participación de los salarios en la renta nacional se reduzca, tanto en los períodos de auge como de estancamiento y recesión; que los ricos y las grandes corporaciones apenas paguen impuestos, trasladando toda la carga fiscal sobre las clases populares; que algunas regiones concentren la riqueza, al tiempo que otras ocupen una posición periférica y subalterna.

Estos son algunos ejemplos muy destacados, entre otros muchos que podría elegir, que tienen que ver con que unos pocos ganan y muchos pierden, con la existencia de diferencias irreductibles que aumentan y que se enquistan, con una realidad, en definitiva, muy alejada del mundo de fantasía que dibuja la propaganda.

Lo cierto es que las políticas económicas tienen costes y beneficios que se reparten de manera desigual entre las clases sociales y los territorios. Y detrás de este reparto desigual están las relaciones de poder. El pensamiento convencional intenta por todos los medios, tiene muchos y muy potentes, ocultar este principio básico, tender una espesa cortina de humo que tan sólo persigue mantener intactos los privilegios de los poderosos, de los ganadores. Desde las izquierdas, por el contrario, es vital, para que se nos reconozca como fuerza transformadora, defender políticas que apunten a la cohesión social y territorial y a la distribución de la renta y la riqueza.

Y es en este punto, teniendo en cuenta todo lo anterior, donde tengo que decir que no me acabo de identificar con la expresión "no dejar a nadie atrás". Porque para cumplir ese objetivo hay que poner en el centro de la agenda de los gobiernos y, por supuesto, de la Unión Europea -en pleno proceso de descomposición e incapaz de estar a la altura de la emergencia sanitaria, social y económica- lo público. No se trata sólo de recuperar lo que hemos perdido, lo que las políticas neoliberales nos han robado. Es necesario, además, fortalecer lo que es de todos, movilizando recursos y reivindicando la propiedad pública en aquellas esferas que son cruciales para la vida de las personas y para la supervivencia del planeta.

Nada de esto será posible si el gobierno de coalición -no pido ni exijo peras al olmo a los partidos de la derecha- no es valiente. Porque hay que serlo para mirar hacia arriba, hacia las grandes corporaciones y hacia los grandes patrimonios y fortunas. Es justo, desde luego, pero también es posible exigir un esfuerzo de solidaridad a los de arriba, a los que están muy arriba, a los que han hecho caja con la crisis anterior y, con toda seguridad, intentarán hacer lo mismo en la actual. Y, por supuesto, es necesario, porque en esos ámbitos se encuentran los recursos que pueden contribuir de manera decisiva al reforzamiento del sector público.

Hay que abrir esta vía de financiación -hasta ahora cerrada- para no quedar atrapados en la trampa de la deuda y en las redes de los que hacen negocio con la misma. Y para trasladar a la población el mensaje de que la consecución de mayores cotas de igualdad es el camino para salir de la crisis y para levantar una nueva economía al servicio de las mayorías sociales. La cosa está clara: para que nadie se quede en el camino, es imprescindible que los de arriba den uno o varios pasos atrás.