Opinion · Fuera de lugar

¿Cuándo morirá la política muerta?

Versión completa del texto publicado por el diario Público el 27 de enero de 2011.


[¿Qué puede el pensamiento ante la fuerza bruta? Ayer nos despertamos como aplastados por una noticia: los dos principales partidos se alían para sacar adelante la tristemente célebre Ley Biden-Sinde. O sea, que todo lo que se ha argumentado, escrito, propuesto, cuestionado y razonado por parte de tantísima gente opuesta a la Ley dentro y fuera de la Red no ha sido escuchado en absoluto. La Ley saldrá adelante cueste lo que cueste y caiga quien caiga. La fuerza bruta pretende aplastar al pensamiento, ¿qué se inventará ahora el pensamiento para liberarse de ese peso terrible?]

El Partido Popular llegó a los postres de la cena del miedo, pero llegó. Me pregunto qué le ha empujado a cambiar de costumbres y a pactar algo con el PSOE, arriesgándose a contrariar a sus propios votantes (la blogosfera de derechas se ha manifestado enérgicamente contra la Ley Biden-Sinde)? Ojalá aparezcan algún día los cablegates de este acuerdo, intuyo que serán muy reveladores sobre la “calidad de nuestro sistema democrático”, como se suele decir.

No descubro nada a nadie: cerrando doscientas webs no se acabarán los problemas, ¡como si después de Napster no hubieran llegado Audiogalaxy, Kazaa, Emule, Megavideo, etc.! Pero, ¿y si en realidad el objetivo no fuese solucionar nada, sino simplemente contener todavía un poco más el derrumbe definitivo de lo que hay? En ese caso, la Ley Biden-Sinde cumple muy bien su propósito, porque mantiene la ilusión de que se está combatiendo al enemigo, cuando en realidad la piratería no es el enemigo, sino sólo el síntoma de que hay todo un modelo cultural y de negocio en crisis. Apuntando en exclusiva a este enemigo imposible de batir, la Ley agita el miedo y evita el cuestionamiento profundo de la industria cultural.

Los sociólogos se preguntan por el fenómeno de la “crisis de la representación” como si los motivos de la brecha entre gobernantes y gobernados fuesen un misterio inescrutable. Quizá ahora les queden más claros. A izquierda y derecha, a nuestros políticos les da igual la opinión de la gente, la participación pública y política por fuera de los (ya de por sí reducidos) canales convencionales. La oposición a la Ley Biden-Sinde ha sido masiva y ejemplar (imposible de criminalizar con la etiqueta de “antisistema”, por ejemplo). Pero la Ley sigue adelante caiga quien caiga y cueste lo que cueste. ¡Y la promueve el mismo partido que reprochaba al PP su insensibilidad de hierro hacia las movilizaciones masivas cuando la guerra de Irak! El búnker se cierra, la fuerza bruta aplasta el debate y la argumentación. ¿Qué vías nos quedan a los ciudadanos de a pie para intervenir en las decisiones que afectan y construyen el mundo que compartimos? ¿Cuándo morirá la política muerta?

Se nos repite machaconamente el estereotipo de que este conflicto opone a los “creadores” y a “la gente de internet. No es verdad. Yo veo por un lado en el búnker a los políticos sordos y a la industria cultural, y por fuera a la mayoría de los productores culturales y de usuarios de la Red. Pero es muy importante que afloren las voces tapadas y que hablen en nombre propio, para que así una realidad múltiple y compleja como es la de los trabajadores culturales no pueda ser reducida e identificada completamente con los intereses de la industria cultural. Ha llegado la hora de decir claramente: “¡No en mi nombre!”, “¡No nos representan!” Y buscar el debate y las soluciones directamente, sin la interferencia de la industria cultural y de la política muerta.

Como dejó dicho alguien en un comentario a “La cena del miedo”, “la experiencia de vida más común en nuestras ciudades hoy es la precariedad. La precariedad laboral y salarial, la precariedad en el acceso a la vivienda y a otros bienes necesarios para la vida. No podemos consentir que a ello se añada la precariedad en el acceso a la información, al conocimiento y a la cultura”.