«Los ansiolíticos son ya los fármacos más vendidos en el mercado»

Versión completa de la entrevista con Guillermo Rendueles aparecida el 4 de julio de 2009 en Público

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Guillermo Rendueles es psiquiatra. Ha sido profesor de Psicopatologías en la Universidad de Oviedo y en la UNED de Gijón. Participó activamente en el movimiento antipsiquiátrico bajo el franquismo. En su último libro, Egolatrías (KRK, 2005), conjuga la psicología, la literatura y la filosofía para analizar la emergencia del Yo posmoderno, flotante, múltiple y discontinuo.

Si es cierto que la naturaleza de una sociedad se conoce a través de sus fallas y de sus grietas, ¿qué nos dice de la nuestra la proliferación galopante de sufrimiento psíquico en forma de depresión, ansiedad, estrés o mobbing? ¿Puede reconvertirse el sufrimiento individual en energía colectiva de transformación social?

¿Cómo está afectando la crisis a la salud mental? ¿Hay estudios? ¿Cuál es tu propia experiencia?

Hay una epidemia de consulta psiquiátrica, tratamientos y consumo de fármacos. Depende mucho de las zonas, pero se calcula que un 35% de la población está yendo a consulta o tomando psicofármacos. En algunos lugares la cifra se eleva hasta el 50% de la población total, incluyendo niños, ancianos… Por ejemplo en la zona donde yo trabajo, una barriada obrera en Asturias, hay un centro de salud mental para una población de 40.000 personas y tenemos más 20.000 historias, sin contar las de salud mental infantil. Pero estos datos hay que cogerlos con pinzas.

¿Por qué?

Si la cosa se toma así habría que poner una cruz de epidemia como las de la gripe, pero si tratamos de analizar la gente que llega al psiquiatra yo lo que veo es producto de un «pacto social de mínimos» tras la derrota de las clases obreras y populares. Desde arriba no se puede ofrecer ninguna solución auténtica a las causas del malestar, entonces se dice a la gente: «iros a quejar por ahí». Y desde abajo se reclama: «dejadnos al menos un muro de las lamentaciones». Y ahí se encuentran alivios mínimos: por ejemplo, si alguien vive en una casa sin tabiques donde hay mucho ruido, pues con una pastilla para dormir duermes. Es la suma de pequeñas respuestas al malestar que suman una cantidad enorme, porque las grandes patologías -esquizofrenia, trastornos bipolares, etc.- han variado muy poco. Lo que hay también en estas poblaciones son brotes autoritarios tremendos: familiares de enfermos que exigen tratamiento obligatorio, intervenciones continuas, esto está aumentando ahora y se dispara cuando hay un crimen o un caso así.

La psiquiatría es el coche-escoba que va recogiendo y aliviando mínimamente todo lo que no se trata de verdad en otros lugares: familia, barrio, trabajo o escuela. Por ejemplo, en Gijón hay más de 600 críos tomando anfetaminas para el síndrome de déficit de atención: se descontextualiza el malestar y ya no se trata en su sitio, en el aula, donde se puede hacer un análisis de esos malestares e intervenir eficazmente, sino fuera de lugar y con medicinas que a lo sumo sólo pueden paliar algo. En la psiquiatría se recoge tanto la malaria urbana que sufrimos como las falsas respuestas. Las cifras reflejan un malestar, pero el relato del malestar, descontextualizado, puede ser la picaresca de alguien que quiere sacar una baja laboral, la necesidad de ser escuchado cuando nadie te escucha, el alivio de un psicofármaco que permite dormir o bajar la agresividad (los psicofármacos son ya los medicamentos más utilizados del mercado), etc. Es un cajón desastre que cuantitativamente te dice muy poco, pero cualitativamente habla de más cosas.

¿Por ejemplo?

De una tendencia más profunda que no empieza con la crisis: el proceso de individualización, de la pérdida de cualquier cultura y saber popular. Esto se ve muy bien en el duelo. La gente antes se las arreglaba para elaborar las muertes de los seres queridos y hacerlo bien, espontáneamente. Pero hoy lo resuelve un psicólogo que en resumidas cuentas te dice lo siguiente: con la muerte del ser querido has perdido una inversión afectiva, el trabajo del duelo es sacar el afecto de esa persona y depositarlo en uno mismo y luego, poco a poco, en otros. ¡Son metáforas económicas atroces! Esa tecnificación y esos consejos tan burdos anulan toda la cultura popular: los ritos antiguos, todos los saberes sobre cómo enfrentar la muerte, cómo elaborarla con los vecinos, incluso los espacios físicos. Recuerdo una vez que tras la muerte de un ser querido les dijimos a los de la funeraria que no queríamos ir a un tanatorio y se planteó todo un problema. Y en el resto de la vida cotidiana pasa lo mismo: la psiquiatría, con unos saberes muy débiles pero flexibles, ha conquistado esos espacios de microculturas populares que permitían una asunción colectiva de los malestares y otros enfoques.

¿Por qué dices que son saberes débiles?

Miraba yo ahora la historia de los sistemas de psiquiatrización y de clasificación, que nacen del terror que les entró a los psiquiatras tras aquel experimento tan famoso de enfermedad mental fingida: investigadores internados como esquizofrénicos, tratados como esquizofrénicos y de los que se anotaron observaciones como si fueran esquizofrénicos. En EEUU ese experimento causó pavor porque inmediatamente los seguros dijeron: «ah, que la simulación es así de fácil, pues no pagamos a ningún enfermo la residencia psiquiátrica». Eso creo una defensa terrorífica que trata de justificar los diagnósticos: la DSM-III. Pero el experimento en sí sigue siendo válido, yo puedo enseñar a alguien a fingir enfermedad mental en un día o dos y repetir ese experimento. Es una práctica con muy poca certeza teórica pero que permite incluirlo todo en ella: desde la infancia al duelo, pasando por el envejecimiento. Su debilidad es su propia fuerza. La psiquiatría, sabiendo muy poco, es muy flexible, se puede aplicar a todo.

¿Cómo es la gestión terapéutica del malestar en la crisis?

Franco Basaglia ya hablaba de la enfermedad y su doble, refiriéndose al manicomio, como lo que vemos no es el sufrimiento, sino lo que la psiquiatría dobla y reinterpreta. Ahora estamos asistiendo al doble del sufrimiento, que no es el sufrimiento real, sino lo que la psiquiatría recoge y recodifica.

Se han lanzado iniciativas distintas en EEUU, Francia o Reino Unido que incluyen la movilización de miles de psicólogos o las guías de auto-ayuda. En todos los casos se trata de desubicar, descontextualizar y despolitizar el sufrimiento reduciéndolo a lo íntimo y llevándolo al despacho del psicólogo. ¿Qué se dice a alguien que tiene estrés laboral? Individualízate más, defiéndete más, no te metas en nada, no te comprometas, protégete en tu pequeño mundo, tus pastillas, tus consejos psicológicos… La psiquiatría produce impotencia.

En España también pasa lo mismo, sólo que el trabajo estaba ya medio hecho con los niveles de psiquiatrización que tenemos en los centros de salud. Ahora se quieren ofertar, como propuesta gremial, equipos de atención y apoyo psicológico en la Atención Primaria. Un médico de medicina general ya está tratando a un 15 o un 20% de población a los que se recetan psicofármacos. Lo que se detecta ahora es una producción teórica perversa pero interesante que recoge elementos de las corrientes antipsiquiátricas para ampliar mercado: según estas propuestas, las enfermedades mentales no son enfermedades mentales, sino transtornos adaptativos, por tanto no las debe tratar el médico, sino el psicólogo. Pero si no son enfermedades mentales, pregunto yo, pues ni el médico ni el psicólogo, ¿no? ¿No habría que dar otros enfoques?

Es el pacto social de mínimos al que me refería: si no se puede dar ninguna respuesta real, por lo menos se trata de escuchar y gestionar el malestar para contenerlo y, de paso, desactivarlo políticamente. Los sindicatos aceptan esto pensando entrar por ahí para jubilar gente, etc. Las prejubilaciones y las bajas son un amortiguador, una espita importante de los conflictos.

En otra entrevista reciente que hice en esta misma sección, Frederic Neyrat hablaba de una nueva forma de gobierno basada en las catástrofes. Decía que esa gobernabilidad, para que nadie cambie, operaba de dos modos: conjuratorio (anticipador) y regulador (analgésico).

Es curioso, se corresponden con dos subespecialiades de la Psicopatología: la «gestión del riesgo» y las «técnicas de intervención en crisis». La primera es una gestión de la peligrosidad social que por ejemplo etiqueta como «paranoides» a individuos considerados «factores de riesgo». Siempre ha habido, en los grandes estallidos sociales, esos personajes que tenían un largo memorial de agravios y una gran capacidad para amotinar gente. La psiquiatría los etiquetaba de «paranoicos» y así los jubilaban. Últimamente, la función represiva aumenta, en parte por la presión de los familiares. En mi centro de salud puede haber 50 o 60 personas en tratamiento obligatorio: si no van a tomar la medicación hay que avisar al juez. Está en germen pero creo que vamos camino de una nueva ley de tratamiento obligatorio, un nuevo panóptico ambulatorio.

¿Qué otras protecciones son posibles?

Hay estudios que señalan que las redes sociales son el mejor remedio al recurso único y exclusivo a la pastilla. Por ejemplo está ese estudio, publicado y bendecido por la OMS, sobre el lugar con menor tasa de suicidios del mundo, un pequeño estado mejicano con índices mínimos donde existen unas redes sociales indigenistas muy firmes. La prevención de suicidios tecnológicamente más desarrollada (medicamentos, etc.) apenas disminuye el número de suicidios. Son las redes sociales, tradicionales o nuevas, las que mejoran la salud mental. Pero este saber no se desarrolla, se desprecia. Sólo se estudian las vulnerabilidades individuales. Aunque estudiar las redes sociales es relativamente sencillo: ¿cuántos amigos tienes en el trabajo? ¿Con quién pasas el tiempo libre? Pero no se hace, sólo se estudia cómo disminuye tal o cual medicamento las tasas de suicidio. Donde hay red social, donde hay cultura popular, donde hay apoyo para las desgracias de la vida, la visita al psiquiatra disminuye drásticamente y donde se ha licuado la sociedad la asistencia al psiquiatra se multiplica y los resultados son malos porque todo se cronifica. Es algo evidente. A veces hay que aprender a ver ese factor de protección de las redes sociales lateralmente. Por ejemplo, algunos estudios dicen que la religiosidad es una protección contra el riesgo de suicidio en países como España. Pero en los países protestantes pasa todo lo contrario, porque es sobre todo la red social, no tanto la religiosidad, la que verdaderamente te protege.

¿Qué experiencias conoces de asunción colectiva de los malestares?

Son restos de las pasadas resistencias. Se ve muy bien la regresión en los movimientos feministas que han sido los últimos en caer: saberes producidos a partir del propio cuerpo -práctica del aborto, métodos de anticoncepción- han sido colonizados y reconvertidos en centros de educación sexual, etc. Aquellas técnicas espontáneas del saber común de las mujeres han sido sepultadas bajo la tecnificación. En el momento en que esos centros piden subvenciones y empiezan a practicar abortos de un modo más o menos oficial, desviándoles casos que la seguridad social no admite, pierden inmediatamente ese saber.

En lo psiquiátrico pasa lo mismo. Yo cito mucho el caso de alcohólicos anónimos: hasta que no se convencen de que ni psicólogos ni psiquiatras les van a ayudar y empiezan a desarrollar técnicas propias, no encuentran modos de protección eficaz contra el alcoholismo. Hay todavía asociaciones de enfermos, no de familiares de enfermos, con capacidad de respuesta entre fase y fase de la enfermedad. Aquí hay una asociación de bipolares interesante en ese sentido: se promueven redes de apoyo, de detección, de prevención, charlas para los técnicos, etc. También hubo por aquí un grupo de agarofóbicos que funciono muy bien. En otros casos veo mucha picaresca. En el caso de la fibromialgia, en el momento en el que lo que se pide es apoyo legal para que se reconozca como una invalidez, ahí se mezcla todo: formas de saber sobre ese dolor que la medicina desconoce, picaresca, etc.

Lo que no hay ahora mismo es teoría: los reductos teóricos críticos a la psiquiatrización son mínimos. Lo comentaba yo hace poco contraponiendo a Castilla del Pino y a López Ibor: si se cogen las obras de López Ibor, la práctica de los psiquiatras de izquierda está mucho más fundada en sus teorías sobre las neurosis como enfermedades del ánimo. Y ahí está la lucha fundamental. En el momento en que ya no existe el movimiento antipsiquiátrico lo espontáneo que surge no tiene ningún alimento teórico, ningún apoyo de técnicos que «traicionen» esas prácticas dominantes.

El éxito de esa colonización ha sido brutal. Han desaparecido las resistencias tradicionales, esas de las personas que decían espontáneamente «yo no estoy de psiquiatra», es decir, no lo necesito, puedo arreglármelas, algo muy habitual hace 20 o 30 años, contra esa propaganda de que los psiquiatras y psicólogos tienen solución a todo. Y por otro lado, los propios técnicos sociales de izquierda hablan de que lo que hay que hacer es higiene mental, prevención y todo eso. El panorama es muy negro.

Alguien ha dicho que la depresión es una forma moderna de huelga.

Cuando los antiguos trabajadores lo estaban pasando muy mal se autolesionaban. Era algo muy común. Sabotear dañándose. Poner una rodilla para que te diesen un golpe y recibir la baja laboral era una forma de resistencia. Algún líder comunista me ha comentado alguna vez su habilidad para dar martillazos en la rodilla a compañeros que no podían seguir trabajando en la mina. La depresión moderna a lo mejor tiene que ver con eso: más una autolesión que una huelga, un daño global, un daño lento, esa dificultad para seguir los ritmos laborales, para dar sentido a la vida y levantarse… Hoy en día faltan las antiguas compensaciones del trabajo: trabajar siempre fue muy jodido y por eso la gente antes se autolesionaba, pero si escuchas el discurso antiguo se ve que el trabajo era también un lugar donde cargar las pilas, contar las malarias del hogar, criticar a las mujeres, beber… Todo ese mundo ha desaparecido y hoy sólo queda lo privado. La función terapéutica, de estabilizar y desahogar hablando con los compañeros, hacer merendolas casi todos los días y no sólo por navidades, todo eso ha desaparecido y la depresión hoy es como una forma de autolesión. Es un sufrimiento real, no debe tomarse a broma, incluso el simulador más simulador no lo pasa nada bien, teniendo que contar esas cosas que a veces son humillantes y a veces son como la profecía que se cumple.

¿Con ese análisis tan negro, cómo haces en el día a día de tu profesión para no volverte un cínico?

Bueno… yo vengo de esas tradiciones comunistas que ven las batallas muy a largo plazo o muy perdidas. Soy duro, los que luchamos bajo el franquismo tenemos algo de supervivientes. No sé, no sé muy bien… Supongo que elijo el mal menor, contribuir a lo que pueda desde mi profesión…

Un discurso crítico muy lúcido puede producir al mismo tiempo mucha impotencia. Supongo que la clave podría estar en pensar el malestar no sólo como un síntoma que habla de una derrota, sino ver que esa intimidad herida tiene hoy mucho de común y podría ser la fuente de una posible nueva politización…

Sí, es evidente. Si se lograra colectivizar ese sufrimiento, que no parte de lo íntimo como dicen, sino de las relaciones sociales, desde luego sería un motor de transformación social. Porque el único remedio real consiste en crear redes seguras, estables, serenas. Lo único que existe contra la agarofobia o los miedos es que la calle sea siempre un sitio donde haya alguien que pueda echarte una mano si te pasa algo. Los críos que juegan en la calle y se pueden alejar sin tener miedo son los que saben que su madre siempre va estar allí si se pierden. La ansiedad viene por el contrario de no poder confiar en nada ni en nadie. La tristeza y los malestares son un fermento del que podría salir fuerza revolucionaria. Y los que deberían tratar el mobbing o cualquier proceso de stress deberían ser los sindicatos, los colectivos de empresa, lo que sea, pero contextualizando, con los valores que hay allí, no con los valores del psicólogo…

Somos una especie tan irracional que no deberíamos tolerar la irracionalidad social, necesitamos prótesis colectivas para evitarnos las locuras individuales. Pero la tendencia es otra: el triunfo de la psicologización social. La psiquiatría es la práctica que más se ha extendido y que más población trata, pero con el mínimo saber. Se trata de una derrota política, no de que se hayan elaborado de un tiempo a esta parte nuevos argumentos científicos. Los neurolépticos son la mercancía ideal, porque no necesitan probarse científicamente como un antibiótico o un anticanceroso. Y la psiquiatría de izquierda ha sido colonizada también enteramente por los laboratorios, que pagan los congresos con todo su boato. Lo que a mí más me fastidia es no tener compañeros, interlocutores, esa pobreza teórica de que te hablaba antes. Sólo encuentro complicidades en gente muy mayor, la gente más joven no conoce a Basaglia, Cooper, Laing… Entre los psicofármarcos y la psiquiatría oficial han ahogado esas otras formas de leer lo que pasa. Es verdad que antes la psiquiatría oficial era muy rígida y eso ayudaba a la crítica, hoy se ha hecho más flexible…

 

Algo más de Guillermo Rendueles:

«Crisis, capital social, depresión»

http://www.diagonalperiodico.net/Crisis-capital-social-depresion

«¿Miserias sociales o malestares íntimos?»

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=56234

«Bossing, mobbing: ¿necesito psiquiatra o comité de empresa?»

http://www.psiquiatria.com/articulos/estres/30043/