Solución Salina

La bala de D’Alema

Rompió el hielo con un proyectil. Massimo D'Alema era entonces el presidente de Demócratas de Izquierda y un par de años antes había ejercido de primer ministro tras la caída de Romano Prodi. Huelga decir que Berlusconi había retomado el poder (político) en Italia, por lo que la entrevista versaría en buena parte sobre esa figura sin par que, de haber nacido en nuestro país, podría ser el cruce resultante de Mario Conde con Jesús Gil. El hombre que recogió el testigo del eurocomunismo sembrado por Enrico Berlinguer tomó entonces la bala en su mano y, presumiendo al tiempo de su amistad con Yaser Arafat y Abu Mazen, comentó: "La recogí en la iglesia de la Natividad en Belén". Segunda intifada. El templo, sitiado y sometido a fuego. Siete palestinos muertos.

Hubo dos preguntas aparentemente inocentes que fueron respondidas como procedía. ¿Cómo se explica que los italianos reeligieran a Berlusconi en 2001? ¿Sería hoy quien es si no fuese por Bettino Craxi? D'Alema, lógicamente, dijo que los ciudadanos, hastiados de los políticos, le habían votado porque creían que era la persona justa "para hacer crecer el país y hacer ricos a todos". También cargó contra el ex primer ministro socialista —quien, enfangado, terminó huyendo a Túnez, donde murió— y, de paso, contra "la derecha democristiana" por ayudar al Cavaliere a trepar mediáticamente.

D'Alema, por supuesto, no entonó en momento alguno el mea culpa, el suyo y el de la izquierda italiana, pero aquellas cuestiones también aludían a su paso por el Gobierno. La coalición progresista tenía la obligación, tras la derrota de Berlusconi en 1996, de cercenar las anomalías y malformaciones que suponían, además de los problemas con la Justicia del líder de Forza Italia, el conflicto de intereses, el monopolio audiovisual y la concentración de medios.

Parecería ingenuo pensar que la izquierda simplemente subestimó a Berlusconi (así fue: ganaría dos elecciones más y, a estas alturas, ha encabezado cuatro gobiernos) y todavía hoy resulta sorprendente cómo El Olivo no ejerció su responsabilidad, aplicó las leyes existentes y sacó adelante otras que ayudasen a poner en su sitio al Cavaliere, herido de muerte en la enfermería de una plaza de toros portátil. Con los jueces encima, sus empresas necesitadas de créditos y la obligación a la vista de tener que desprenderse de alguna de sus televisiones, Berlusconi recibió la providencial asistencia del primer ex líder comunista que gobernó un estado de Europa Occidental.

Con Prodi ocupado en sus tareas de presidente del Consejo de Ministros, D'Alema creyó hilar fino —aunque la madeja terminaría hecha un cristo— y propuso a Berlusconi reformar la ley electoral para convertir Italia en un régimen bipartidista y librarse así de las pequeñas siglas. Tal vez se proyectó en su mollera como futuro premier y paladín progresista, pero en la distancia que media entre la lente y la sábana gris de su cerebro comenzaron a vislumbrarse otros fotogramas: entorpeció la labor de magistrados y fiscales con reformas judiciales, defendió la santísima trinidad de la hasta entonces blasfema Mediaset, eludió las incompatibilidades en las que incurría el hombre-orquesta (empresario, constructor, editor, presidente de un club de fútbol y ex primer ministro) y, sobre todo, legitimó al maltrecho jefe de la oposición como tal y como futuro candidato electoral.

Berlusconi, en lo que concierne a la reforma del sistema electoral, no cumplió, por lo que D'Alema, consecuentemente, tampoco vería cumplido su sueño de crear una gran formación socialdemócrata al estilo del Partido Laborista británico. Y, mientras ambos movían ficha al margen de Prodi, el Gobierno del Professore comenzó a hacer aguas. El comunista irredento Fausto Bertinotti decidió retirar su apoyo a la coalición progresista por ser más rosa que roja y porque, según el secretario general de Refundación Comunista, poca diferencia había entre el centroizquierda y el centroderecha. La crisis de gobierno sentó a D'Alema en el sitio de Prodi y a éste, en la presidencia de la Comisión Europea. Luego Amato y vuelta a Berlusconi.

D'Alema tenía una bala cargada de futuro, pero prefirió conservarla en la recámara. Y terminó disparándose en su propio pie izquierdo.