Opinion · Solución Salina

Cierra Público y me descalzo ante ustedes

La primera vez que me compré unos zapatos tenía 27 años, esa edad a la que a las estrellas del rock les da por morirse, que si el Morrison, que si la Winehouse. Eran unos botines negros de dudosa calidad, pero me dolía soltar la guita teniendo la mercancía en casa, por eso me llevé un calzado de palo.

Mi abuelo Don José tuvo a bien establecerse en Carballo en los años cincuenta para cortar el cuero con la precisión de un pulidor de diamantes. Primero se instaló en un bajo que tiempo después albergaría una bodega de vinos, el Submarino, sito en la otrora Plaza del Generalísimo, la que había sido de la Libertad y ahora, por aquello del consenso, la de Galicia. Luego se trasladó a la calle Coruña, entre la plaza del pueblo y la iglesia, a un local añejo que todavía hoy regentan mis padres, quienes continuaron con la tradición zapatera, como casi todos los hijos e hijas del viejo, qué sabio. Yo me crié entre cajas de cartón y un respeto secular por el fuego: vivíamos en el piso superior. «Ten cuidado, Henrique, que si salta una chispa esto es una caja de cerillas», me decía mi padre. El suyo, sin embargo, murió encamado y con la chusta en los labios, como el que espera la ceniza.

A uno de los hijos de Don José se lo llevó una enfermedad y a otro, la emigración. El resto, ya digo, abrazó los mocasines de ante y los escarpines de tacón de seis y medio. Sólo fue a la Universidad el varón del medio, que terminó convirtiéndose en el referente de la estirpe familiar: estudiar era sinónimo de hacer, como él, Derecho. Así pasaron los años, hasta que llegó el momento de dejar el instituto y lanzarse al mejor sitio para descansar, que diría Triángulo de Amor Bizarro. A mi madre le debo poder dedicarme a esto, o sea, al periodismo: ¿qué coño haría yo ejerciendo, en el mejor de los casos, de abogado? Saldría victorioso de algún proceso, supongo, pero por insistencia, como quien vende miniaturas de buda por los bares. Juez y mazo: «Señor Mariño, declaro a su cliente inocente, pero su lengua incesante se va directamente al calabozo». Cloc.

Cuando llegamos a Madrid, lo primero que hizo mi madre al entrar en el colegio mayor fue preguntar dónde estaba la capilla, como anticipándose a mis pecados. Nada más irse, me sacaron de farra hasta las tantas de la madrugada y, al volver a la residencia, recordé vagamente que había pasado por El Correo Gallego, Cope, Galicia Hoxe, Radiovoz, La Voz de Galicia y EFE. Luego vino la Radio Galega y El Mundo, en el que estaría cuatro años hasta que me fui a Roma, donde compré los zapatos espurios y empecé a escribir para La Voz de Galicia. Después tocó Londres, Sao Paulo y, siempre, Madrid. Si la noche se desboca, el sueño es tan reparador que, al despertarte, te olvidas de dar las gracias: a Fernando García Pablos, Ramón Busto, Paco Pelegrín, Antonio Jiménez, Cristina Abelleira, José Manuel Casal, Pepe Ameixeiras, José Manuel Ferreiro, Ana Romaní, Paco Villanueva, Kino Verdú, Jesús Alcaraz, Alberto Luchini, Juan Manuel Bellver, Cristina de Alzaga, Miguel Ángel Mellado, Ana Rodríguez, Jesús Flores, Luís Ventoso… Y a los colegas, que no precisan cita, porque si los anteriores me enseñaron en su día de qué va el rollo, estos todavía me siguen dando hoy lecciones de amistad.

Tanta enumeración hiede a responso: para no alargarme, termino con los velatorios de ADN.es, aquel periódico digital donde fuimos felices. Seguimos celebrando cada aniversario de su defunción, pero como una vez al año resulta insuficiente encargamos una misa si nos lo pide el cuerpo, que suele ser exigente e incorrupto. Pero cuando ya nos habíamos sacudido el luto y estábamos de alivio, resulta que a Público le da un vahído y ya va uno mirando en el armario si tiene un chaquetón negro, con resultado negativo. Malo será que no sirva alguna prenda oscura, algo que te hayas puesto en los sepelios encadenados de los compañeros de profesión, que parecemos la santa compaña. Pero el jamacuco termina siendo expiración y para mí que una chaqueta de pana marrón es poco seria para un funeral como éste, visto el número de esquelas que ha puesto la gente.

Hoy habrá que ir a comprar pues un chambergo como dios manda y, de paso que bajo, también el periódico. Si tardé casi seis lustros en pagar por unos zapatos, no extrañará que después de tres años me lleve el diario de la competencia. Me imagino que no me resultará tan cómodo como el de casa. Tal vez me sobre algo, la suela resbale o hasta me salga un callo, pero calzar hay que calzarse. Si el vestir comienza en los zapatos, que son los cimientos de nuestro edificio, la democracia arranca en las rotativas. Necesitamos los periódicos como las botas en invierno y las sandalias en verano. Era un euro y veinte, ¿no? Pues a ese precio a lo mejor le digo al quiosquero que me ponga medio kilo. Aunque, en realidad, lo que me gustaría es volver a casa, quitarme los botines negros nada más entrar en el portal y, con los pies desnudos, susurrar desde el felpudo de la puerta:

– Qué, mamá, ¿me regalas unos zapatos? Parece mentira, 36 años y todavía descalzo.

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