Opinion · Solución Salina

Cuéntame cómo carallo pasó

No soy mucho de tele y, desde que cerró CNN+, menos. Mis madrugadas eran entonces como el sistema bipartidista español, donde la diferencia es la guinda: tanto montaba Canal 24h como el informativo de Prisa. La alternancia era puntual como un reloj de cuco y, llegado el momento, uno era incapaz de discernir de qué televisión se trataba hasta que te picaba la mosca. Luego, cuando me sabía el tiempo para mañana de memoria, cambiaba de cadena, que era como tirar de ella. La única alternativa a la teletienda (es un decir) pasaba por Clan, el canal de la pública para niños y abuelos, que son los que están criando España.

Así conocí Cuéntame, una serie protagonizada por un señor con bigote que, a este paso, terminará esquiando en Suiza. Es la historia reciente de este país a través de los ojos de una familia de clase media (nunca he tenido claro, la verdad, dónde empieza y termina la clase ni mucho menos la media, pero bueno). Un producto digno, aunque tuve que dejarlo: de una noche para otra, la hija yonqui era abducida por una nueva actriz, el periodista de Pueblo se volvía un adolescente en ebullición, Antonio se pasaba del ladrillo a la imprenta, o viceversa… Nada tenía sentido, porque los capítulos saltaban de la tercera a la octava temporada, de la sexta a la primera, y así. La única que seguía igual era la abuela, en plan Fraga. El colmo de la autocontraprogramación.

Ahora, un par de años después, me adentro en la madrugada sin temor al efecto Benjamin Button, el viejo que se hace niño (un poco lo que todos: la gracia está en que David Fincher supo plasmar en imágenes lo que antes había escrito Scott Fitzgerald). A veces, decía, vuelvo a Cuéntame y observo que una noche Mercedes ejerce de sumisa y otra le arrea un bofetón a Antonio por golfo; a la siguiente, cuando ya creía a la señora Alcántara sacudida de toda caspa franquista, me la encuentro en modo sección femenina. El niño crece o mengua, Inés cambia la careta y María Galiana, al menos, continúa conservada en formol. Asisto al progreso o la regresión de la sociedad española sin inmutarme, pues los malabares de la realidad me han inmunizado contra las piruetas temporales de la ficción.

¿Cómo no voy a ser capaz de seguir una serie en desorden cronológico cuando la actualidad es igual de aleatoria? Me levanto y en vez de primer mundo somos un país decadente (ya nos gustaría ser emergentes, con todo por hacer y tal); lo que antes era píldora ahora es aborto, algo satánico aunque te violen, según el portavoz de los obispos; un señor que perdió dos elecciones ejerce de presidente del Gobierno, el candidato y líder de la oposición fue ministro con Felipe hace más de veinte años y el único que dice verdades como puños se sigue apellidando Anguita; no sé qué de la ley de libertad religiosa, pero los colegios siguen luciendo crucifijos en 2013, un año que ayer parecía ciencia ficción y hoy está instalado en el drama. En fin, que mientras te sirves el desayuno pones Canal 24h y resulta que la gente emigra, nuestro I+D+i es un casino (della madonna), sufrimos una fiebre del oro propia del Salvaje Oeste y Berlusconi ha vuelto.

Que me cuenten cómo carallo pasó, porque no hay dios que lo entienda.

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