Solución Salina

Planta de interior

 

Foto: Francois Lenoir (Reuters)

Hay un tipo en el balcón de enfrente que grita todos los días, a las ocho de la tarde, ¡Sánchez, dimisión! Me gustaría responderle que está meando fuera de tiesto, pues el aplauso va por los profesionales de la sanidad pública, pero temo la potencia de su chorro. Uno no se convierte en un vegetal por gusto, y entre los míos no está la lluvia dorada. 

Por cierto, ha dejado de llover, mas eso no viene al caso, aunque buena falta me hace. La tierra está seca, mi tallo flojea y apenas me quedan un par de hojas para dar palmas a los sanitarios, en plan[ta] flamenca. El primer día de aislamiento parecía la Amazonia, si bien la falta de riego me está dejando tan mustia que intuyo que el otoño nos ha hurtado la primavera.

Sobre la mesa hay un abono transporte. Eso es lo que quiero yo: un chupito de fertilizante y un garbeo por el barrio, pese a que en la etiqueta clavada en la tierra pone que soy una planta de interior. No sé, molaría ser una enredadera para poder deslizarme por la fachada, esquivar la bandera de España del segundo y alcanzar la acera. Entonces sí que no me importaría que me mease un perro.

Sin embargo, aquí estamos, frente a la pantalla del ordenador. Teclear es un embrollo: a veces, en vez de flexionar una hoja, inclino la otra —me pregunto cómo harán los pulpos—. Cada una va a lo suyo y actúa por su cuenta, por mucho que yo les diga que todas somos una. Como la izquierda española, vaya, así se perdió la guerra civil. 

La única diferencia entre la izquierda actual y una servidora es que a ella se le multiplican las ramas y yo, en cambio, pierdo las hojas. Fíjense en la de la foto inferior, a la que le quedan dos telediarios, que ahora duran mucho más por el coronavirus. Aprovecho para pedir desde aquí que, cuando haya pasado todo, las noticias sigan aumentando su duración, porque al menos podré escribir algunos días más.

Planta de interior en la estación del coronavirus

Sin embargo, ya no sé si esto es vida. El confinamiento está marchitando mi carácter y algunas colegas —cuya especie desconozco, aunque están como una rosa— tratan de animarme en vano. "Oye, tronca, arriba esas hojas, que tú eres una autótrofa". Les he preguntado qué gineceo significa eso porque me imagino que tienen experiencia, pues ahora nadie dice tronca. Quizás a Ramoncín le haya dado por montar un vivero y vender culantrillos, al loro.

Yo, por mucho que me alienten, estoy melancólica. "Tía, que eres una planta de la hostia", me jalean mientras se esfuerzan por abrazarme con sus hojas verde que te quiero verde, como si fuesen hasta arriba de eme. Y yo que no, que me siento apagada. "No te preocupes, nena, que en este país le das la vuelta hasta al bolso de un cactus y cae un alijo de ansiolíticos", insisten para alegrarme.

Ya no sé lo que tecleo, porque a esto no se le puede llamar escribir. Si lloviese, al menos podría disimular las lágrimas que se me deslizan por las puntas de las hojas, cada vez más mustias, será el agua salada. Pero estas, que son unas pesadas, aprovechan el sollozo más mudo para volver a la carga: "A ver, chica, ¿quién es capaz de elaborar su propia materia orgánica a partir de sustancias inorgánicas?". Y luego gritan todas: "¡Tuuuú!". No sé, me recuerdan a Christiano Ronaldo, lo que me deprime todavía más.

Poco más que contar. Lo de la hoja chunga —sí, la que sale en la foto— y lo de la escapada. Pues nada, que el lunes, mientras estas dormían, me fugué de casa. A ustedes ni se les ocurra hacerlo, por favor: sean solidarios para evitar el contagio del bicho. Si acaso, háganlo cuando todo termine y siempre en circuito cerrado. Pero yo tampoco quiero mentirles, bastante tengo con mentirme a mí misma: "Tía, eres una autótrofa. Tía, eres una autótrofa. Tía…".

¿Cómo salí del piso? Fácil: cogí el carrito de la compra y me pillé el 26. Pude irme a Barajas y subirme a un Airbus A350, aunque ya les decía antes que no tengo el humor por las nubes. Además, necesitaba ver hojas nuevas. Como han cerrado el parque del Retiro, decidí bajarme en la estación de Atocha y, como pueden suponer, me dirigí inmediatamente al jardín botánico. Me sentí arropada, debo reconocerlo, si bien no les entendía nada: son plantas tropicales.

Menos mal que se acercó Germán, un señor que duerme en un banco, y me invitó a visitar su parque. Yo moví la hoja mala de izquierda a derecha, intentándole decir no way —entender, no las entendía, pero algo se me pegó de la cháchara con las plantas tropicales—, con tan mala suerte que se movió la hoja buena de arriba abajo. Germán debió de comprenderme pese al lío involuntario y me sugirió que me sentase a su lado, aunque yo lógicamente me quedé de pie.

Entonces me contó su historia. Hace una semana, me hubiese roto el tronco, mas ahora fortaleció mis raíces. Me confesó, por ejemplo, que deseaba ser atacado por el coronavirus para poder dormir bajo techo en un hospital. Mientras hablaba, comenzó a llover, pero seguí escuchando atónita. Si están tristones de tanto encierro, les recomiendo que lean sus palabras

Una llora por haberse convertido en un vegetal —una forma más sutil y bonita de decirlo sería en una planta de interior— y usted se lamenta por no poder salir de casa. Germán, en cambio, ni casa tiene. Cuando yo pensaba que, en esta situación, la fotosíntesis ya carece de sentido, él interrumpió mis cavilaciones y comentó que las autoridades deberían hacerles pruebas del coronavirus a los sintecho para evitar el contagio, pero nadie piensa en ellos.

Yo no sabía dónde meterme. Se me pasó por la savia colarme entre las plantas tropicales, aunque reconozco que soy una cobarde. Prefiero que llegue el otoño a casa y ser un esqueleto espetado en una maceta —al menos podría ejercer de espantapájaros, si es que algún día vuelven los pájaros— que no entender ni papa en una eterna primavera sin mascarilla. En ese momento, Germán sacudió mi pesimismo, me miró fijamente a las hojas y me soltó: "Usted puede estar hablando con un muerto". 

Entonces deseé vivir. No sé si leyó mi mente, pero moví con impericia la hoja mustia, dibujando un interrogante en el aire inerte de una estación donde las almas sin destino no encuentran una salida ni en los posos del café: Oiga, Germán, ¿no sabrá usted por casualidad regar las plantas?

@solucionsalina