Opinion · Tentativa de inventario

Gafapastas a la deriva

ilusos detalleOcurrió tras el estreno de la última de Jonás Trueba, Los Ilusos, peli que el que suscribe recomienda por atrevida, por difusa y porque —como la vida misma— está llena de tachones. Terminada la proyección, un par de tipos de barba frondosa fumaban solemnes y ponían en común sus impresiones. Uno de ellos comentaba pomposo que le había parecido un retrato generacional muy sensitivo y que en su radicalización formal encontraba un mundo de sutilezas autorreferenciales. Ahí es nada. Su compañero de humos, lejos de achicarse, decide subir la apuesta y echa mano de los complacientes coqueteos filo-Nouvelle-Vague del film para evidenciar lo que, desde su punto de vista, no responde más que al caprichoso intento automitificador del director y sus coleguitas.

Así las cosas, planteada la disensión, ambos prosiguen con su elevada controversia sin visos de acuerdo hasta que uno de ellos, casi por azar, menciona al cineasta galo Éric Rohmer. Palabras mayores. Llegado este punto, el más remilgado estalla en júbilo iluminado por la ocurrencia de su partenaire, la feliz conveniencia les llena de dicha y parece que de un momento a otro bailarán la conga coreando al bueno de Rohmer a modo de celebración.

Hasta aquí lo que podríamos denominar una instantánea tipo de dos treintañeros urbanitas, graduados, posgraduados y, presumiblemente, parados. Ambos pertenecientes a esa subclase de relamidos muertos de hambre, de escritores eternamente inéditos, de editores de blogs literarios, directores de fotografía, revolucionarios, críticos y demás sucedáneos.

magma-detallePues bien, en esas mismas coordenadas se encuentran los protagonistas de Magma (Ed. Pálido Fuego), última novela de Lars Iyer. Dos tipos que, como los ya citados, viven inmersos en un circunloquio vital sin fin, una especie de diarrea pseudointelectual por la que desfilan pensadores de la talla de Levinas, Spinoza, Rosenzweig o Nietzsche. Dos jóvenes profesores universitarios de poca monta que viven de rapiñar subvenciones, publicar libros de investigación que ni ellos entienden y hacer los bolos de rigor por conferencias y demás simposios donde aprovechan para ponerse hasta las trancas de ginebra. Ambos ejemplifican con rigor aquello de que si bien el pensamiento no es la ausencia de idiotez, la idiotez es ausencia de pensamiento.

Según se mire, Magma es el libro de un fracaso, un fracaso simbolizado por estos dos académicos de medio pelo, un fracaso perpetrado con la precisión de un Thomas Bernhard solo que aquí te ríes, te descojonas más bien. Es también el libro de una espera, como Josef K en el Proceso, o Vladimir y Estragon en Esperando a Godot, los protagonistas de Magma aguardan algo que desconocen y —entretanto— idolatran a un mesías encarnado en la figura de Franz Kafka, referente de lo que ninguno de ellos llegará a ser jamás, conscientes de que no son más que dos gafapastas a la deriva, dos fulanos que están más cerca de un Max Brod –el infausto editor de Kafka– que del genio de Praga.