Tentativa de inventario

Un día en la vida

inquieto

He aquí un tipo que un buen día decide registrar todos y cada uno de sus movimientos desde las 10 de la mañana a las 11 de la noche. Para ello se agencia un micrófono inalámbrico y a continuación comienza a detallar cada leve movimiento de su lengua, el ligero tintineo de un pelo sobre su frente, el rechinar de su mandíbula al beber… Con la precisión de un atestado policial, el sujeto en cuestión convierte su cuerpo en palabra y movimiento al transcribir lo grabado. Aquí una muestra:

"Parpados abiertos. La lengua cruza el labio superior al desplazarse de izquierda a derecha de la boca siguiendo el arco del labio. Traga. La mandíbula aprieta. Se estira. Traga. La cabeza se alza. El brazo derecho doblado desliza la almohada bajo la cabeza. El brazo se endereza".

El resultado es un experimento literario que recuerda al Beckett de Cómo es o al Perec de Un hombre que duerme, una suerte de informe coreográfico en el que algo tan cotidiano y banal como es el hecho de mear se torna aquí, desde una perspectiva infinitesimal, en algo inquietante y brutal.

¿Qué pasa cuando no pasa nada? ¿es posible hacer literatura de lo intrascendente? Parece que sí, Kenneth Goldsmith al menos lo intenta en Inquieto (Ediciones La Uña Rota), un libro que hace suya aquella máxima perequiana que decía que escribir no es otra cosa que "tratar meticulosamente de retener algo, de hacer que algo de todo esto sobreviva".

Con todo, el propósito de Goldsmith de inventariar sus impulsos está abocado al fracaso y él lo sabe. Cómo iba uno a narrar desde la asepsia del observador los movimientos de su propio cuerpo. El pretendido hiperrealismo del autor se hace progresivamente enjuicioso, incapaz de matenerse ajeno a sus reacciones. Al fin y al cabo, es el narrador quien decide si tomar o no una taza de café, si se va al baño a orinar o se aguanta las ganas durante un rato, o si se masturba o se decanta por salir a comprar una botella de whisky y ponerse del revés.

Goldsmith le saca partido a su plan frustrado de relatar todos y cada uno de sus impulsos de forma "objetiva", lo consigue evidenciando la desconexión existente entre lo físico y lo mental. Su mirada microscópica nos permite enfrentarnos con extrañeza a lo cotidiano, aprehender lo que ya miramos y nunca vimos.

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