Tentativa de inventario

Cirujanos tristes

Un hombre pasea por Madrid.- AFP

Ahora que tenemos de nuevo las calles, ahora que nuestra vida extramuros se ha convertido en una romería de cirujanos tristes vestidos de paisano, se vienen los encuentros. Intercambios fortuitos a pie de acera con resultados dispares. Asuntos en otro tiempo triviales como mostrar afecto, proceder a un tímido flirteo o manifestar la más profunda de las animadversiones, se tornan, con un bozal en la cara, a metro y medio de distancia y un helicóptero sobrevolando nuestros cogotes, en intrincados ejercicios comunicativos proclives al malentendido.

Nos salva el tema cultural; al ser latinos (algunos más que otros) revolvemos lo de la gestualidad con suma eficiencia, he visto a peña entregarse a contorsiones imposibles para simbolizar un abrazo ficticio o representar el calvario del confinamiento con un leve temblor de manos. Se trabaja mucho más la mirada, y la risa, tradicionalmente un buen comodín, ya no significa nada si no es estridente o va acompañada de algún tipo de evidencia corpórea. La 'nueva normalidad' nos exige ahora unos mínimos interpretativos y si me apuran un cierto histrionismo. El bozal como límite pero también como juego o posibilidad. Parecido a cuando intentamos adivinar no sé qué palabra sin utilizar una serie de vocablos. Trate de ser sarcástico con una mascarilla FFP3; el resultado puede ser grotesco.

Quizá lo mejor sea desistir y entregarse a la misantropía. Dejarse de dramatizaciones callejeras y abrazar la hosquedad que (también) somos. No es descartable que nos convirtamos en paseantes enmascarados y despachemos lo del cariño, la lástima o el perdón con una buena ristra de emoticonos. Como una masa embozada que se permite –con la impunidad que da el anonimato parcial– el lujo de ser equívoca y distante por recomendación sanitaria.

Desconocemos en qué va camino de convertirse usted en esta primavera tan atípica; si en un mimo enmascarado o en un sociópata de libro. Celebremos en cualquier caso el silencio que nos acuna. Acudamos al progresivo desfase con el mejor (o el peor) de nuestros semblantes porque en realidad va a dar lo mismo. Asumamos que no hay mucho más, que paseamos de ocho a once por una interrupción de la vida con olor a antiséptico, como cirujanos tristes sin nada que estirpar, salvo ese paréntesis que habitamos, ese que nos recuerda todo lo que se quedó fuera.