Tentativa de inventario

Miserias de la desescalada

Una terraza a medio montar en Sevilla.- REUTERS/Jon Nazca

El desfase progresivo nos desvela a plazos lo que éramos. Cada semana conquistamos un trozo de aquella vieja normalidad que creímos olvidada y constatamos, no sin cierto estupor, que no era para tanto. La pandemia nos hizo creer que las calles nos pertenecían, que vivíamos a salto de mata cual pajarillos silvestres, insertos en una alegre bacanal de libertad y privilegios. Pero no. Lo que nos llegó por AliExpress fueron jornadas de ocho a ocho con pausa para el táper, el resto se iba en paradas de metro, servicios de streaming, preparar el táper +1, y con suerte abrazar otro cuerpo, más como refugio que como anhelo libidinoso.

Surge la sospecha, conforme avanza la reconquista, de si todo lo que lamentábamos haber perdido era realmente esto. Y de si esto no será demasiado poco. Una tragedia en cuatro fases que nos trae de vuelta a lo que fuimos y que algunos, los más ilusos, dicen que nos hará mejores. Entretanto saqueamos las terrazas y deslizamos con sutileza la mascarilla hasta la sotabarba. Brindamos, pontificamos y nos mamamos como siempre pero un poco más lejos. Esta vez con la salvedad de que el reflujo etílico queda dentro de la máscara, también la mueca sombría, esa que dibujamos al intuir que cuando esto acabe vamos de cabeza al casa-curro-casa de antaño.

Paseamos por la fase uno como quien mira el tráiler de una peli que ya ha visto y que no recuerda con entusiasmo, pero que decide volver a ver porque no tiene nada mejor que hacer. Veremos cuando se acabe la peli y empiece lo real. Quizá alguno añore la distopía que fuimos, aquella que nos permitía ver con nitidez el absurdo de lo cotidiano.