Tentativa de inventario

Fuerzas vivas

Se escucha francés en la Villa e injurias en el tuiters. Lo primero, dicen, tiene que ver con las vacaciones invernales de la muchachada gala, que encontró en el relajamiento preventivo de Ayuso una oportunidad para el esparcimiento y la fraternité sazonada con MDMA. Lo segundo, entiendo, es más una cuestión ontológica. El tuiters, con sus refriegas y ensañamientos, acuna la afrenta y se erige, en gran medida, sobre un lecho argumental avalado por la Universidad de Mis Cojones Toreros. Conviene por tanto hacer un llamamiento a la calma. Sepan que todo irá bien. O quizá no. Pero mantengan el decoro, bájenle.

O mejor; bájense. Bajen a la calle o al parque. Muchos de sus conciudadanos ya han optado por airear sus movidas entre arbustos mohínos. Testigos oculares atestiguan que los parques de la Villa están recuperando el brío de antaño. Como cuando se iba la luz y nos contábamos historias de miedo en torno a una vela churretosa o una linterna, los rigores preventivos de la pandemia podrían estar favoreciendo una suerte de socialización silvestre. Los urbanistas claman ya por la ruralización de la ciudad y, entretanto, a poco que brilla el sol, sus sufridos moradores acampan junto a plataneros provistos de unas Matutano, un litro y la llamita de rigor.

El caso es que Filomena mermó gravemente la población arbórea de Madrid y apenas quedan sombras. Ocurre también que una plaga de ratas negras trepadoras se pelean por los troncos que restan en pie. Un poco como le está pasando con la vacuna a nuestros políticos, cargos públicos, militares, curas y prelados. Lo que en otro tiempo se llamaban las fuerzas vivas. Apelativo tan inquietante como ajustado; vivaces son un rato.