Tentativa de inventario

El coto privado de IDA

Ayuso nos quiere libres. El tema es que no podemos salir. Estamos rodeados. Con suerte podemos arrimarnos a alguna linde, pero poco más. Para Ayuso nuestra libertad −la de ir a ningún sitio− es un tema serio. Lo que haga usted con ella ya es otra cosa. Puede uno acercarse al borde, eso sí, habitar el perímetro. Puede uno también iniciar una suerte de romería por los contornos de la Comunidad, incluso hacer la croqueta entre sus cerros. Podríamos invitar al improvisado happening fronterizo a nuestros vecinos franceses, refuerzo etílico llegado en tropel por aire vía Barajas. Tremenda conga franco-castiza por los confines de la Comunidad nos íbamos a montar, rebozados en eme; a gustico. Gritando socialismo o libertad entre hayas y abedules. De Madrid al cieno.

El caso es que IDA nos quiere libres. Los que saben de movidas psicológicas dicen que las mentes más privilegiadas son capaces de ver las cosas cuando todavía no se han materializado. Las descubren en estado de emergencia. Como una profecía pero sin conjuros ni vainas, escuchando atentamente los precarios indicios que arroja el presente. IDA sabe que el pueblo de Madrid mantiene un compromiso inquebrantable con la libertad, sabe que la vida nos aprieta demasiado y por eso abrirá nuestros toriles más pronto que tarde. 

Cuentan los historiadores que hace cosa de 90 años por estas fechas se abrieron por primera vez las puertas de la Casa de Campo al pueblo de Madrid, hasta entonces coto privado de caza en manos de Borbonia por los siglos de los siglos amén. Sobra decir que el asunto se fue de las manos. El pueblo arrambló con apetito secular con aquellas hectáreas largo tiempo vedadas. Aquel día se cazaron conejos para condimentar guisos, se hicieron fogatas, los más pequeños se descolgaron de las copas de los árboles y los mayores, blandiendo una considerable mortadela, se revolcaron ufanos sobre la jardinería decimonónica. Ya saben; se nos ofreció y accedimos.

Confío en que IDA sepa gestionar con solvencia las acometidas del siempre impetuoso pueblo de Madrid. Entretanto la hemos podido ver acunando un perrete frente a las cámaras, departiendo junto a un corro de Cayetanos y reivindicando, una vez más, su querida libertad. El caso es que me pregunto a veces qué habrá ahí dentro, qué encontraríamos si pudiéramos irrumpir, con la furia de nuestros antepasados, en ese coto privado llamado Libertad, con qué podríamos jugar. Por fuera se intuye un erial.