Tentativa de inventario

Inhalar en primavera

Se acabó la broma. París se confina y sus díscolos habitantes amantes de la libertad y la igualdad, pero muy especialmente de la fraternidad, de la que hacen gala por las calles de la Villa, como auténticas mecedoras, no podrán seguir disfrutando de los hechizos de la noche madrileña. Una merma en toda regla para nuestra hostelería y también, por qué no decirlo, para los siempre solícitos proveedores de movidas que, llamadita mediante, acuden prestos con su avituallamiento revigorizante permitiendo así que la franco mortadela se mantenga por todo lo alto hasta el amanecer.

El caso es que se cumplen 150 años de aquella epifanía insurreccional que fue La Comuna de París, efeméride que nuestros admirados vecinos del norte no podrán celebrar por confinamiento estricto o exilio castizo. A estos últimos, a los expatriados que pueblan nuestras calles con entusiasmo bullanguero, va dedicada esta deslavazada columna dominguera, herederos de una fértil tradición contestataria que empezó proclamando el primer gobierno popular autogestionado de la historia y que ha derivado, con permiso de la performance sesentayochista, en una voluptuosa revuelta que reclama para sí el derecho a ponerse tinkiwinki en un piso turístico de Madrid.

Apuntan los expertos en psicología social que la primavera, con su desmadre floral y sus laboriosas abejitas, es la estación preferida por la turbamulta para llevar a cabo sus inquietudes insumisas, como amotinamientos, levantamientos, sediciones y demás vainas de carácter subversivo. Veremos qué nos depara nuestra recién estrenada primavera. Por lo pronto, y según el Comité Español de Aerobiología, cuyas deliberaciones nos llenan de zozobra a los asmáticos, este año de producirse un estallido social vendría auspiciado por un orfeón de estornudos que prevé sacudir el centro de la meseta las próximas semanas. 

Como lo oyen, los alergólogos hablan ya de una "tormenta perfecta", al parecer el frío prolongado durante Filomena hizo que las gramíneas salvajes enraizasen más profundamente, favoreciendo su desarrollo y por tanto su potencial polinizador. Pronostican, de hecho, unos 7.000 granos por metro cúbico de aire. Ahí es nada. De pensarlo me pica la tocha. Quizá uno de esos granos, el más precoz de la temporada, esté detrás del impetuoso estornudo que un señor de avanzada edad ha proferido esta mañana en la frutería. Lo insólito del caso es que el señor ha tenido a bien retirarse la mascarilla en el momento justo de la expectoración, lo que ha generado un chirimiri de aerosoles que han recaído, etéreos, sobre el género, llevándose las ciruelas la peor parte. 

Desconocemos si ha sido un acto reflejo, un intento por economizar en mascarillas o que el señor que nos ocupa ha querido evidenciar, desde el absurdo, las complejidades y contradicciones de este tiempo nuestro que se apellida normal, pero se autodenomina nuevo. Dicen los tribunos de la tele que nada volverá a ser igual hasta dentro de mucho tiempo. Es pronto para saberlo. De momento un tendero ha retirado un capazo de ciruelas ante el silencioso estupor de su clientela. Y un señor, entre avergonzado y blasfemo, se ha marchado rumiando su odio entre dientes. Quizá trame una revuelta. Todo es posible en primavera.