Tentativa de inventario

La hora de los tibios

Estuve con el escritor. Sostuve su obra y le pedí un garabato. El escritor, halagado, rubricó mi libro. Me vine arriba e interpelé al escritor. Le pregunté por lo del rebuzno ultra y la movida radiofónica. Me dijo que él se dedicaba a fabular vainas, que lo de los extremismos es asunto peliagudo y que en todo caso él se considera un humanista. Me tranquilizó esto último. Nada como un escritor humanista, pensé. Nada como una buena fábula pergeñada por un escritor que se dice humanista. Así, sí. Luego estuve un rato descifrando la dedicatoria. Su caligrafía alambicada, el trazo descuidado del escritor humanista confería caché a mi garabato, pero también dificultaba su comprensión. Pensé en la posibilidad de una cañita en la plazuela para desentrañar todo aquello. IDA sabe lo que nos gusta. 

En esas que aparece el bueno de Edmundo Bal. En pleno Lavapiés. Jubiloso y en tropel. Provisto de su séquito y de unos solícitos agentes protegiéndole de la indiferencia. Como una función sin público protagonizada por un político en campaña que Bal, ajeno a la taquilla, decide representar con entusiasmo electrizante. Entregado a la dramaturgia, el candidato agitó la zarpa con aires epopéyicos, se abrazó a sí mismo frente a la mirada impasible de un grupo de paquistaníes y dio la bienvenida a los ausentes. Saludó a una farola, saludó la espalda de una señora afanada en determinar la consistencia de lo que podría ser una chirimoya¹, saludó a un señor de la ONCE, saludó a hacendosos viandantes y hasta a un repartidor de Bimbo que, cargado con varias bandejas del sin corteza, no pudo devolverle el saludo. Edmundo saludó hasta la luxación.

Incluso me saludó a mí. 

Mas fui equidistante. 

Como él con el fascismo pero sin pretenderlo. Fue un acto reflejo. Tuve miedo. El histrionismo de Edmundo me achicó. Apenas acerté a levantar la contratapa del libro del escritor humanista cuya dedicatoria, a día de hoy, sigo sin desentrañar. A saber qué me puso el fulañas. Dicen los que saben de movidas que siempre se escribe desde algún lugar. Que es imposible no hacerlo. Como si la escritura delatase a los tibios, a los que se ponen de perfil. Supongo que en esos casos conviene recurrir a la mala letra. Y al humanismo. 

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1. El que se tratara o no de una chirimoya no está confirmado, la galopante miopía del que suscribe le incapacita para determinar con fiabilidad si aquello era, en efecto, una chirimoya o si, por el contrario, la señora que nos ocupa testaba una alcachofa. Sí puedo confirmar y confirmo que se levantó algo de viento, lo que provocó una lluvia de plataneros sobre Lavapiés, siendo la cabesa del candidato Bal el destino de un par o tres de esos azarosos penachos, contingencia esta que le adjudicó cierta coquetería a la pelambrera del aspirante, cuya apariencia –no me negarán– se asemeja en finura y sinuosidad a la del vello púbico.