Tentativa de inventario

El síndrome del mostacho vacío

José María Aznar, en el acto organizado por el Instituto Atlántico de Gobierno. / YOUTUBE

La ciudad torrefacta no da tregua. Villa-libre de Madrid devino en una suerte de hornillo y sus moradores, siempre tan sufridos, deambulan a la caza de alguna sombra donde sudar plácidamente sus bebidas bajas en sodio. O sus zumos de papaya, o lo que puñetas fuera aquel líquido parduzco que un exahusto y transpirante runner, entregado a la épica, tuvo a bien rociarse sobre el pelamen para, posteriormente, sacudir la cabesa a la manera de un perrete mojado, desencadenando lo que viene siendo un infausto chirimiri isotónico en rededor. Siendo la señora del caniche y servidor, cada uno en sus quehaceres pero ambos bajo la misma sombra del mismo platanero, los principales destinatarios del azaroso chorrete atlético. 

Escribió Cortázar que el azar y la poesía (que vienen a ser lo mismo) velan siempre por nosotros. Como si en el misterio que entrañan anidara una suerte de salvación. Me acordé de la frase tras el salpicón. También de los parientes cercanos del corredor. Lo hice casi en silencio, como lo haría Aznar, con rostro hierático, musitando un odio legendario sin apenas mover los labios, sepultados bajo el peso de su mostacho castellano, un mostacho que ya no está ni se le espera pero que permanece indeleble en nuestro imaginario; el síndrome del mostacho vacío, creo que le llaman. No así la señora del caniche, que tuvo a bien blasfemar de viva voz con ánimo recobrado tras año y pico de bozal, recreándose en cada fricativa, percutiendo las palatales hasta articular un rotundo hi-jo-de-pu-ta. 

El caso es que han vuelto las bocas. Con o sin mostacho. Han vuelto. Ahora ya depende de lo que cada usuario considere hacer con ellas. Puede usted blasfemar con solvencia. Puede silbar, morder o bostezar. Puede abjurar de sus errores o suplicar un poco de afecto. Puede también besar, siempre que disponga de un beneficiario, porque besar el vacío es tontería o pura lascivia. Puede declamar movidas subido a una silla o entregarse al gargarismo. Puede chuparse un meñique, mamarse sin motivo o llevar a cabo intrincados ejercicios retóricos. Puede incluso convertir el elogio a una presidenta en un escupidero de rencor y ponzoña. Puede también mantenerla cerrada si lo que usted barrunta es insalubre o se encuentra en mal estado. No lo descarte.