Tentativa de inventario

De efigies y cagarros

La estatua de cera de Vladimir Putin del museo Grevin de París.- JULIEN DE ROSA (AFP)

Los hay que escriben la Historia. Los hay cuyas hazañas les sobreviven y prestan su nombre a una calle, un palacete o una efigie. La gesta y su artífice quedan entonces a la intemperie, la ciudad se encarga de malear su recuerdo, de convertir la posteridad en algo churretoso. Imprescindibles aquí las palomas, que cagan y recagan el bronce que da forma al prohombre, ajenas e insolentes. Un poco marranas también. Así es como la testa altiva del comandante, el brazo cardinal del descubridor o la dadivosa mano del monarca devienen –costra de heces mediante– en una broma, una broma remota e irreverente; deposiciones de tórtola emborronando la Historia. Qué cosas.

Pero da igual. La Historia aguanta eso y mucho más. No cesa. Ya puede quedar sepultada en cagarros de avestruz que ahí sigue. Hace no mucho un tipo se vino arriba y quiso certificar su defunción. El fin de la Historia, dictaminó sagaz. Y luego procedió al bostezo. Fue un bostezo interminable que creímos eterno. Pero la Historia siempre vuelve. Unos dicen que rima y otros que se repite. Pero volver, vuelve. Como el Borbón, por cierto, exonerado de sus tropelías por la Fiscalía. Breve inciso. Dicen los que saben de movidas belicosas que la Historia volverá mientras haya humillados. Y como la vida es un surtidor de agravios, la Historia está más que asegurada. 

El caso es que le guste o no tiene usted una cita con la Historia. O mejor; con su retransmisión caníbal, porque la Historia, servida al instante, se antoja inagotable y frenética. Asomarse ahí tiene algo de perverso. Es como ver a un puñado de actores ya sentenciados afanados en pronunciar bien sus líneas. Unas líneas que no les pertenecen, que les prefiguran y les mandan al carajo. Que les hacen pedazos. Escribe Nicola Lagioia en La ciudad de los vivos que "ningún ser humano está a la altura de las tragedias que se le infligen. Los seres humanos son imprecisos. Las tragedias, piezas únicas y perfectas, parecen talladas por las manos de un dios en cada ocasión".

Pero sólo lo parecen; las tallan humanos también, con ínfulas de pedestal y eternidad.

Esta columna lo tiene claro: ninguna efigie sin su cagarro.