Tentativa de inventario

Los pobres no existen, son los padres

El apocalipsis va tomando forma. La ciudad amaneció rebozada en calima, un manto marciano coloreó la Villa y la dejó entre parduzca y apastelada, como bañada en un polvillo minúsculo. Filtro terroso para una urbe sin ex novios ni pobres. Porque no los hay. O al menos el consejero Ossorio no los ve. Que se gira incluso, en un leve escorzo, buscando pobres a su alrededor, simulando una suerte de comedieta con maneras de stand up. A ver si no va a ser polvillo lo que llueve. A ver si lo que ha caído en Madrid va a ser un tamizado de infamia cortesía de Ossorio.

Y es que los pobres no existen, son los padres. El bochorno, en cambio, sí existe y adopta tintes pétreos. Cuasi legendarios, diría. Recuerden si no aquel otro consejero, en este caso de Transportes, José Ignacio Echeverría se llamaba, que negó la existencia del metrobús, "¡que no existe!", vociferó tajante en la Asamblea. Una pena. Nada como un viaje en metro a las siete de la mañana para testear de primera mano la movida. Para ver manos ásperas como cepas, miradas que no miran y jerséis que clarean por el codo. Para ver uniformes raídos asomando bajo el abrigo y remiendos en el chándal. 

Porque la pobreza se acicala cada día, le pone un parche a su vergüenza, zurce su condena para que no se note el roto. El clasismo, en cambio, se pavonea sobre la tarima. Como para no verlo. Quizá cabría preguntarse si existen los ricos. Porque verlos, lo que se dice verlos, no los vemos. Yo por eso cuando me topo con uno le escruto muy de cerca. Incluso a veces le aprieto un bracico para chequear su consistencia. Le pregunto, siguiendo el protocolo Perales, a qué dedica el tiempo libre y por qué ha robado un trozo de mi vida. Pero no voy mucho más allá. Bastante tenemos los pobres con existir sin ser vistos.