Tentativa de inventario

La España borrosa

Una furgoneta de Vox colisiona con un Tesla.- TW

Hace ya un tiempo, el suficiente como para recordar con nostalgia lo que probablemente era desesperación, se me rompieron las gafas. Un mal gesto las partió en dos. Las llevé a una óptica cercana y un voluntarioso joven tuvo a bien remendarlas con un "pegamento de alta resistencia". Lo hizo de gratis. Me comentó, eso sí, mientras sujetaba con delicadeza su obra, que estábamos ante una "solución temporal" y que si me decidía a cambiar de modelo –lo dijo con cierto retintín, consciente de que sostenía una antigualla– tenía a mi disposición una gran variedad de monturas, todas ellas diseñadas conforme a altos estándares de calidad y siguiendo escrupulosamente los dictados de la moda en materia ocular.

El caso es que salí del establecimiento con la vista recobrada y una gota del "pegamento de alta resistencia" adherida a uno de los cristales. El joven, en su afanosa reparación, había dejado abandonada a su suerte una gotita de Loctite que, de forma indeleble, pasó a integrar mi campo visual. Sobra decir que en adelante mi vida fue un calvario. Todo cuanto miraba parecía patrocinado por una mota minúscula de cola industrial. Su mera presencia le restaba importancia a lo que veía, es más, le confería un tono onírico, similar a cuando en las series de televisión difuminan los bordes de la imagen cada vez que el protagonista se entrega a ensoñaciones diversas. Creo que ya no se hace. Espero que ya no se haga.

La gotita me acompañó un tiempo. Un día, en cambio, decidí empoderarme de ella y el borrón que producía dejó de ser azaroso, con un leve movimiento de cabeza pasé a emborronar aquella porción de realidad que me resultaba abiertamente incómoda. Fue entonces cuando comencé a difuminar muecas sombrías (hay muchas en la Villa por estas fechas, debe ser el calor), el precio del pescado, la cara de Iván Espinosa de los Monteros o la mirada de profunda desafección que me brinda mi perrita cuando llego a casa. Incluso en los días de mayor desesperación emborronaba mi propio rostro en el espejo. Salvo en la ducha y en mis sueños, se podría decir que todo era susceptible de ser censurado de forma selectiva.

Aquellos días terminaron. La extra de junio me ha permitido agenciarme unas lentes orgánicas y fotocromáticas provistas con todo tipo de avances. Ahora siento que llevo sobre la tocha lo que viene siendo un laboratorio oftalmológico portátil. La realidad se muestra en toda su plenitud, ya no hay zonas de sombra, la España real se abre camino ante mis ojos, la de la embestida ultra que termina empotrada contra un Tesla, la del bochorno y los 40 grados, la España del señor que chuperretea ufano un Frigopie derretido en un recodo de la Feria del Libro mientras sostiene, bajo el sobaco, una historia ilustrada de las caballerías españolas. Esa España mía, esa España vuestra. No hay escapatoria. La nitidez está sobrevalorada. Echo de menos los días borrosos.