Tentativa de inventario

Biden en Embajadores

El presidente de EEUU, Joe Biden, se dirige en su coche a la primera jornada de la cumbre de la OTAN.- EFE

Caminar por la ciudad más segura del mundo tiene sus contrapartidas. Una de ellas, quizá la más importante, tiene que ver con un gesto aparentemente trivial como es cruzar la calle. Esta semana, con motivo de la cumbre de la OTAN, las principales arterias de la Villa se han convertido en una suerte de pasacalles motorizado por el que han desfilado mandatarios internacionales, embajadores, funcionarios de alto rango, asesores y demás personal vinculado a lo que viene siendo el poder.

Los de a pie hemos presenciado el safari aliado con algo de resignación y buena disposición, como animalillos silvestres pastando entre avenidas y circunvalaciones. En mi caso fue una glorieta, la de Embajadores, la que me permitió testimoniar la magnitud de la movida. Un total de 50 monovolúmenes, varias motocicletas y un helicóptero irrumpieron a modo de funesta cabalgata custodiando al presidente de EEUU. Se barajó la posibilidad de que el dignatario sacara la manecica del coche y saludara a los presentes, en señal de aprobación, girando delicado su muñeca al estilo fallera, entre robótico y artrítico. Pero no.

Nos brindó, eso sí, gracias a la luna tintada de su blindado, el reflejo de lo que somos un día laborable a media mañana. Fue ahí, a través de esa interminable romería de carrocerías made in USA, que pude vislumbrar a un joven con cascos, a una señora con perrete, y a un tipo alargado dando buena cuenta de una bolsita de anacardos (luego caí, el tipo era yo mismo). El poder es lo que tiene, de su reflejo sale uno convenientemente situado, consciente de su menudencia, al tanto del lugar exacto que ocupa: un paso de cebra en la ciudad más segura del mundo.