Tentativa de inventario

Gaticos y monetes

Gato asomado.- iStock

Se me ha llenado el tuiters de animalillos silvestres llevando a cabo actividades de índole diversa. De un tiempo a esta parte, el algoritmo me reporta cada mañana un variado surtido de ardillas rumiando movidas, monos cleptómanos y nutrias disfrutonas. Su irrupción en mi timeline no es que tape lo que acontece –la caverna sigue ladrando de fondo, esta semana con motivo de unas cloacas burbujeantes–, pero permite sobrellevar de algún modo esa cascada de bilis y resentimiento que es, a menudo, el tuiters.

Y es que nos encantan los animales, en especial cuando parecen actuar como humanos. Dicen los expertos que ver a un perrete deslizarse a lomos de una Roomba o a un gatico asomar divertido la pateja a través de una caja eleva nuestros niveles de dopamina y oxitocina, hormonas de la felicidad y el amor. Desconozco hasta qué punto esto es así, sí sé que a mí estas escenas me dan la vida, son como un paréntesis, un modo de apretar los ojos fuertemente, un no estoy, o un estoy en otro lugar.

A la manera de Johnson en el Prado. Ensimismado ante el Carlos V de Tiziano mientras todo se derrumba en su gabinete. Con el rostro ligeramente ladeado. Recreándose en la bolsa escrotal del piafante jaco que cabalga nuestro emperador. A veces habitamos esos corchetes. Nos escondemos ahí. Y es que es probable, o al menos no es descartable, que la debacle económica que se avecina según los más agoreros, o que las evidentes consecuencias del ecocidio perpetrado, nos pillen contemplando a un koala mascullar ufano una hojilla de eucalipto.