Tentativa de inventario

Pelazo

Alumnos del Colegio Mayor Elías Ahuja haciendo el saludo fascista.

La frondosidad capilar es una cuestión de clase. Los peluqueros lo saben pero se lo callan. Antes prefieren disertar sobre el sexo de los ángeles que entrar en valoraciones de tipo socioeconómico. Es comprensible. Caminen ustedes, en cualquier caso, por los barrios altos y verán de qué les hablo, recorran sus galerías comerciales, sus Sánchez Romero y sus estancos con cava. No hay color. La densidad y el volumen les pertenecen. Esto es así. Las variables pueden ser múltiples: provisión genética, méritos nutricionales, ausencia de preocupaciones materiales, etc. La resultante, en cambio, es única y verdadera, a saber; la pelambre que se gestiona la minoría pudiente luce tan vigorosa y resuelta como la crin de un pura sangre.

La cosa viene de lejos. Heredar una epidermis fecunda no es flor de un día, expertos en materia capilar apuntan a una suerte de acumulación originaria de queratina. El cuero cabelludo, dicen, es como un semillero que ha ido alcanzando a lo largo de los siglos lo que otros tratan de enmendar con una breve estancia en Turquía. Se trata, a fin de cuentas, de una misma línea en el tiempo, una que va del latifundismo decimonónico al rentismo cacerolo con las glándulas sebáceas como hilo conductor. Élite y privilegio transmitidos a través de un entramado de diminutos folículos pilosos que conforman lo que viene siendo tremendo pelazo.

Cabe preguntarse, estimado lector, qué herencia capilar le ha sido transferida. Qué pasado esconde esa coronilla que aflora incipiente, ese aparatoso cartofen, esas entradas proclives al alunizaje, ese pelopolla tan pintón que siempre le caracterizó. Acérquese al espejo, haga el favor. Observe con detenimiento los estragos causados por una carga genética decepcionante, su pelo es un campo de batalla, es pura lucha de clases, es la historia de una derrota milenaria. Su mermada red de folículos evidencia hasta qué punto no sólo es usted un subalterno, sino que también lo fue el padre de su padre y así hasta llegar al pobre siervo que le atusaba el cabello al señor feudal, tatarabuelo de un ahujo.

El periodismo de datos nos da las claves nuevamente. Si la media estimada de folículos pilosos ronda los 100.000 por cabeza –con la excepción de los pelirrojos, tradicionalmente infradotados en cuestión capilar– barrios como el de Chamberí o El Viso cuentan con una media de entre 175.000 y 200.000 cabellos por habitante. Y es que hay algo que trasciende a lo puramente material. Algo que va más allá del piso en Almagro, el veraneo en Calvià o el olor a cedro americano que expide el buen parquet recién pulido. Es el capital genético, amigos. Es llevar la testa bien surtida, es la impunidad que te confiere un buen pelaje, la misma que te lleva, llegado el momento, a levantar el bracico y proferir –altivo y confiado– un lastimoso Sieg Heil. Porque seremos fascistas, pero tenemos pelazo.