Tentativa de inventario

La luz de Reverte y el joven blandengue

Reverte levanta el dedico en señal de 'te voy a explicar movidas'.

Asegura Reverte que no estamos preparados para el iceberg del Titanic. Lo hace levantando ligeramente la manopla en señal de cuidadín, en señal de agárrense los machos. Enfrente, un Pablo Motos que le escucha rendido, como mecido en la elocuencia de nuestro espadachín de las letras. "Todo progreso tiene un desastre incorporado", advierte el académico. "Conviene vivir con la certeza de que este lugar [el plató, occidente, la otredad] es un lugar peligroso", prosigue. "Viven [los jóvenes] confortablemente instalados en un mundo irreal", remata.

Y es que las linternas ya no son lo que eran. Antes iban a pilas y ahora, en cambio, fruto de esa paulatina degradación de la realidad que llamamos progreso han sido suplantadas por linternas recargables. Un detalle que no le ha pasado desapercibido al escritor y que de algún modo evidencia la profunda inconsistencia de una juventud instalada en la desidia y la debilidad. Y es que "qué pasa si se va la luz". La pregunta no es baladí, tal es así que Reverte aguarda un instante como calibrando la envergadura de lo que él mismo acaba de plantear. Motos se humedece.

Extrema agudeza la del escritor que fue reportero antes que predicador, que es hombre de palabra y académico de número y letra, en concreto de la T de taladro, de turra y de Timor Oriental. Porque quizá no estén al corriente pero Reverte estuvo allí. No en Timor, en la penumbra. De hecho transitó la sombras, llegó hasta el cruce de caminos y regresó para contarlo. Fue allí, quizá, con las 'balas silbando en derredor' y 'el negro hálito de la muerte clavado en la nuca', donde el académico fue urdiendo su propio credo, un credo hecho de duelos, hombrías e infiernos, buenos y malos, valientes y cuerdos. "Yo he vivido en muchos lugares sin luz", nos reporta el literato. Motos ya moja.

Y es que, en efecto, nos acostumbramos a la magia del interruptor. Con apenas un gesto llenamos nuestra vida de fotones. Bien es cierto que el milagro de la luminotecnia tiene sus contrapartidas, no en vano pagamos un alto precio no sólo por la luz, también por tener algo que merezca la pena iluminar. Quizá por eso vamos por ahí con las luces cortas, sin "mecanismos defensivos", incapaces de ver más allá de nuestras narices, ajenos al iceberg que nos augura el académico, con la mirada puesta en las olas. Conscientes de que, llegado el momento, Reverte nos alumbrará con su luz. La luz de su linterna vieja.