Tentativa de inventario

Un lémur para Feijóo

El líder del PP nacional, Alberto Núñez Feijóo, interviene en un encuentro de afiliados, a 15 de marzo de 2022, en Madrid.- EP

La caverna manda. Un titular acoquinó al líder conservador Alberto Núñez Feijóo y dio al traste con el acuerdo por la renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). La recogida de cable del líder popular, dicen, vino urdida por el núcleo duro de su propio partido, los medios afines y la judicatura ultra. Los mismos que en su día le auparon entre cornetines y fanfarria, ahora van y le amedrentan en primera plana. Qué cosa ingrata es la política. Qué lugar desapacible. Es el reino animal con corbata, argumentario y turnos de palabra. Los tribunos más beligerantes hablan ya de una supuesta falta de adaptación del gallego al ecosistema político madrileño. Un entorno no tan propicio como el endémico que exige de ciertas cualidades adaptativas. La Villa es otra liga, comentan con suficiencia.

El caso es que el achique de Feijóo eclipsó lo que para algunos era la noticia del día. Y es que la ciencia, aún en tiempos resabidos, nos depara alguna que otra sorpresa. Según publicaba The Guardian este jueves, un equipo de investigadores de la Universidad de Berna ha logrado desvelar el secreto mejor guardado del aye-aye, una especie de lémur que habita en Madagascar y que cuenta con un dedo corazón desproporcionadamente alargado, que ronda los ocho centímetros. "Este animal inserta toda la longitud de su dedo medio extralargo, delgado y altamente móvil en las fosas nasales y luego lame la mucosidad nasal recolectada", escriben los autores en su estudio. "Este dedo básicamente llega hasta la garganta", remata elocuente una de las investigadoras que ha participado en el informe.

La gesta evolutiva del aye-aye pasó desapercibida. Su rostro ufano, su desmesurada extremidad y sus ojillos traviesos apenas tuvieron una oportunidad frente a la última mascarada pepera. Pero yo no me olvido. Cómo olvidar la obcecada búsqueda de nuestro pariente lejano el aye-aye, que lejos de asumir el destino infausto que le venía dado, no dudó en desafiar a su propia anatomía a lo largo de miles de años hasta alcanzar lo que era suyo de por naturaleza. Y es que si en el caso del lémur fue la eterna promesa de alcanzar un mocardo lo que terminó por modificar genéticamente su naturaleza músculo-esquelética, en el caso de nuestra democracia no es descartable que su evolución (incluso su supervivencia) dependa de la capacidad del PP de emular la hazaña del aye-aye y alcance, de una vez por todas, la pelotilla ultra que anida en su interior.