Opinión · Principio de incertidumbre

Ultraderecha de puño en alto

Si yo les hablo de aplicar una subida de 200 euros a los salarios que no superen los 1.500 euros al mes y les digo que se financiará con una tasa del 3% a las importaciones que vienen de países sin derechos laborales y con salarios casi esclavistas, ¿qué me dirían? ¿Y si les hablo de nacionalizar una parte de la banca y crear una tasa a las transacciones financieras internacionales? Y si además les propongo subir el IVA a los productos de lujo, bajar un 5% la electricidad y el transporte público, subir los impuestos a las rentas más altas y a las empresas con mayores beneficios y les aseguro que se jubilarán a los 60 años con una fuerte subida de las pensiones, ¿qué me dirían? No contesten porque hay más: habrá laicidad (“los fieles se pagarán sus lugares de culto [y no el Estado], cualquiera que sea su religión”), se protegerá la industria y agricultura nacional y se instaurará una ayuda a la maternidad (o paternidad) de tres años con el 80% del Salario Mínimo.

Después de haberles presentado este programa, lo más probable es que a estas alturas esté usted, paradito español, con el puño en alto cantando La Internacional. No corran tanto y disimulen por si los ha visto algún vecino: éstas son las propuestas de la ultraderechista y xenófoba Marine Le Pen, quien se ha situado en tercera posición en las elecciones francesas y aspira a hacerse con el mando de toda la derecha del país.

Y es que Le Pen se ha convertido en la propuesta antisistema de Francia, más creíble para los franceses que la tradicional bandera revolucionaria enarbolada por el Frente de Izquierdas de Jean-Luc Mélenchon, a pesar de que éste tiene un grueso de medidas económicas similares a grandes rasgos (aunque éste, más europeísta). Entonces, si la música se parece al tradicional mensaje de la izquierda más purista, ¿por qué es Le Pen quien ha triunfado? La respuesta es que con ella no hay orquesta para todos.

A la prole desfavorecida blanca le ha mostrado un enemigo y, mientras la izquierda francesa habla de clases, Le Pen habla de clases y nacionalidad: apuesta por cerrar prácticamente las fronteras a la inmigración, prioriza las ayudas estatales para los franceses y apuesta por “incitar” a las empresas a contratar franceses frente a inmigrantes. Por supuesto, calla sobre los beneficios y puestos de trabajo que crean los inmigrantes. Ella es la nueva extrema derecha que se explica con una amable sonrisa de diamante que renuncia a hablar de los judíos y el nazismo “no particularmente inhumano” al que se refería su padre antaño, y se pone un guante blanco para dar las cucharadas de papilla xenófoba a los bebés franceses; pero esta vez con un tono más formal y tostando la piel del enemigo: “ahora” son los islamistas quienes roban el pan popular, suben los índices de criminalidad y destruyen las raíces culturales patrias.

Todo este conjunto es el veneno de Le Pen, quien se ha partido la lengua en dos como las serpientes: a los indignados les da revolución económica (hasta el candidato socialdemócrata Hollande reconoce que parte del electorado de izquierdas ha votado por ella) y a la derecha xenófoba mano dura contra el inmigrante. Es un veneno inoculado por las mismas venas que han vaciado de sangre el paro y la austeridad impuesta por la burocracia neoliberal europea, que se ha empeñado en derribar el modelo social del Viejo Continente. La extrema derecha avanza por las heridas que abre el dogma Merkel. Algo que Europa ya ha visto antes y que sólo la izquierda puede contrarrestar.

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