Principio de incertidumbre

Tatuarse los pecados

imagen perdon he pecado

"Perdonadme, he pecado". Es lo que dice el tatuaje que se hizo un soldado estadounidense llamado Ryan Endicott, avergonzado por las abominaciones que presenció, y de las que participó, en la guerra de Irak.

El muchacho tiene miedo de relativizar algún día lo que allí presenciase, o incluso de olvidarlo, pero la realidad es que, cuando pase el tiempo, su espalda y su culpa -hoy tersas y revestidas de una estética de poesía flagelante- parecerán la serigrafía borrosa de una vieja bolsa arrugada de supermercado. Serán una mancha ilegible, deformada entre pliegues de carne añosa y descolgada.

Porque es así como solemos almacenar la culpa en la conciencia. El tiempo, que es un funámbulo, la deja presente pero emborronada, equilibrada entre el remordimiento y el olvido para no deshumanizarnos y conservar el derecho evolutivo de no caminar a cuatro patas, pero con la suficiente dosis de amnesia para seguir viviendo. La supervivencia cotidiana requiere hipocresía.

Así que parece que este soldado, para luchar contra eso (la longevidad de su propia hipocresía), quiere conseguir con su tatuaje que la culpa le preceda algún día cuando se recueste sobre el tapizado de su ataúd.

Imaginemos –perdónenme la distopía- que fuese ley la condena de tatuarnos nuestras propias faltas, según cada conciencia. Y hagamos juntos el esfuerzo hercúleo -sin ayudarse de las drogas, a ser posible- de imaginarnos juntas las palabras ‘conciencia’ y ‘políticos’. Se trata de adivinar lo que éstos deberían tatuarse en sus espaldas, que deberemos visualizar también hiperhormonadas, pues a escala real nos faltará espacio culposo sobre el que vaciar la tinta china redentora.

Podemos comenzar imaginando con repelús las espaldas de Aznar, Bush y Blair, por comenzar por el aniversario de la Guerra de Irak: "Perdón por las muertes y sus tatuajes: todo era mentira"; o las de sus expresidenciales madres: "Perdón", a secas. Seguiríamos con la espalda cándida de Zapatero: "Perdón, la Tierra es del viento". También con la de Rajoy: "Por abreviar: Perdón, ni yo mismo me creía mis promesas". O la de la ministra Ana Mato: "Perdón, no supe ver un Jaguar en el garaje". O la de Bárcenas: "Perdón, nadie me preguntó antes por Suiza", añadiendo el grafismo de un dedo en peineta, en vez de unas manos atormentadas. O la de Urdangarín: "Perdonen que no me levante, es que soy el duque empalmado". O la de la Infanta Cristina: "Perdón, fui vocal de Nóos, aunque nadie me imputó". Incluso la de Dolores de Cospedal: "Perdón, no me consta, al menos en términos simulados y diferidos". Y así podríamos seguir con el Rey, el exministro José Blanco, Esperanza Aguirre, Ana Botella, Cristóbal Montoro... recorriendo tétricamente la espina dorsal de un Estado en descomposición moral, hasta llegar a nosotros mismos.

¿Y qué pondría en nuestras espaldas?: "Perdón, nosotros lo consentimos". Aunque seguro que con el tiempo acabamos inventando un montón de excusas que nos justifiquen y nos dejen seguir viviendo libres de responsabilidad alguna.

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