Principio de incertidumbre

Alquimistas del olvido

foto olvido

Lo malo del olvido es que no tiene cura. No hay medicina interna que lo sane cuando lo invade todo. Y aun así andamos por los rincones anhelando amnesia. Nos sentamos muy serios en el sofá del salón y apretamos el estómago con la esperanza de que los ácidos gástricos deshagan algo etéreo que ni siquiera puede habitar en las vísceras: un recuerdo. Pero ahí lo sentimos y desde ahí nos abandonamos cotidianamente al genocidio mnemotécnico. Así somos. Olvidamos las cosas, a las personas y a las mascotas muertas («¿Lucky o Chuky, se llamaba la perrita que enterró papá?»). Es igual. Y el porqué olvidamos tampoco importa. Olvidamos porque las cosas nos duelen o nos indignan, olvidamos porque nos gustan y las tenemos miedo, o simplemente porque una chica nos lo pidió frente al escaparate de una librería... El caso es que la vida es elegir entre el olvido y la memoria: la selección quirúrgica del barro que podemos llevar en la maleta.

Acarrear todo con nosotros no es posible, pero es peligroso querer viajar muy ligero de equipaje. Pasar toda reminiscencia a cuchillo nos desconecta de lo que somos y nos priva de su virtud, de la enseñanza para reaccionar en el futuro ante situaciones similares. Si olvidas algo corres el riesgo de no reconocerlo después, si tapas el hormiguero con arena nada te garantiza que seas capaz de encontrar sus laberintos cuando los vuelvas a necesitar. Qué importante es el olvido y con qué poca prudencia lo manejamos.

De esa alquimia del olvido saben mucho los políticos. Gobernar es en realidad gobernar el olvido, la amnesia social. Es consultar el oráculo de las encuestas hasta que salga lo que quieres, que saldrá, si sabes esperar lo suficiente. Lo que indigna hoy, mañana no lo recuerda nadie. De este modo se han construido las más afamadas y notorias carreras políticas.

El mejor ejemplo es Rajoy, seguro de ser reelegido cuando la gente olvide que hizo lo contrario a lo que prometió para ser presidente del Gobierno (parece que las pensiones serán la próxima víctima a olvidar). Tenemos también a Gallardón, que con su ley del aborto en blanco y negro de alzacuellos y sotana espera que la derecha olvide que una vez se le llamó progre. He ahí el presidente murciano Valcárcel, quien sabe que ya nadie se acuerda de llamarle "hijoputa" por declarar que tiene 122 euros en el banco cuando su salario es de 83.385 euros anuales. O González Pons, quien sabe que olvidaremos que un día prometió tres millones de empleos. O Cospedal, a quien el olvido le llegara de forma simulada y diferida. Y vean a Feijóo, que cuenta con que el olvido difumine también las fotografías de los locos locos locos años de crema solar y narcoamistades peligrosas.

Pero no sólo el PP es un mago del olvido. Ahí está el propio PSOE, que en su conjunto espera que nadie recuerde que en el poder votó en contra de todo aquello que ahora quiere abanderar (desde los desahucios a los billetes de 500 euros pasando por el discurso de la austeridad e infinidad de cosas).

De olvido en olvido hasta que el recuerdo final coincida en periodo electoral. Ésa es la estrategia en una sociedad donde no nacen memoriosos Funes, aquel personaje de Borges enloquecido por su incapacidad para olvidar incluso el más nimio detalle. Nosotros en cambio estamos condenados al esfuerzo de elegir entre el olvido y la memoria, entre la anestesia y la reanimación. No nos olvidemos al menos de eso.

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