Principio de incertidumbre

Entre Botín y Albert Pla

Entre Emilio Botín –ningún apellido vino tan al caso- y el cantautor Albert Pla hallase, cual milagro gramatical, el sujeto paciente: que puede ser usted o yo, desconocedores ambos de portar esa condición por similitud fonética con el verbo pacer, al modo de mansas ovejas, o porque aguantamos con estoica calma la diarrea de tonterías que hay que oír a diario con la que está cayendo: esas nubes de cagao¹, míticas en algunos ambientes, de las que no nos previene el parte meteorológico.

No me dirán que entre la botinesca "Es un momento fantástico, a España le está llegando dinero para todo" (?) y la platiniana "Me da asco ser español" (!) no queda un espacio de convivencia. Convivencia aeroportuaria, se entiende. Un lugar de inteligencia patria donde la España paciente pierda los papeles pero no los billetes low cost. Un ágora en el que, maleta en mano, hacer cola para largarse de aquí dejando solos en este pantano de chatarra subdesarrollada y paro galopante a tal elenco de iluminados presidentes de plasma y extesoreros diferidos, ministros rebuznadores y exministros de rebuznante incompatibilidad en Consejos de Administración, de banqueros hiperbronceados, de independentistas de la razón pura o de obispos que dan al botón masivo de beatificación golpista.

Queda espacio entre esos dos esputos entrecomillados, si tienes la precaución de llegar dos horas antes al aeropuerto, para hacer la facturación en las múltiples puertas de salida de este mundo de contratos laborales inexistes o basura, de este paraíso del emprendimiento autónomo que en realidad camufla el escamoteo empresarial de derechos laborales y cotizaciones. Quedan -no todo está perdido, amigos-, pateras voladoras suficientes para salir de un país con líderes patronales ocupados en limar barrotes penitenciarios (hagan sitio también a algunos sindicalistas con cara de ERE) o que andan en libertad proponiendo medidas laborales de juzgado de guardia…

Queda aire descolonizado y virgen, en fin, entre Botín y Pla, para que las gentes de bien lleguen al consenso común de huir de este potingue farragoso. No sé si me explico debido al tono moderado y eufemístico que empleo: hay libres butacas de ventanilla o pasillo -qué más da, corran que se acaban- en las que mirar desde las alturas como se aleja todo este cubriente y blanco manto de caspa que llega desde Cataluña a Jaén pasando por Madrid en borreguiano popurrí. Hablo, queridos lectores, de bajarse de la marca España, lugar de mucho sol donde se vive mejor que en ninguna otra parte, y en el que, además, para que sea todavía más atractivo, estamos bajando aún más los sueldos, según discursos oficiales dichos al oído de inversores y otros lobos incautos. Qué hostias dices, Albert Pla: Ser español es lo mejor, puro y duro relaxing cup para todos.

Me estoy quedando a gusto. Lo sé. Todo muy Alatriste, a lo Pérez Reverte. De discurso de los Goya incluso. Pero es que hay días que te dan ganas de tirar de la cadena y confirmar que incluso así el retrete no da abasto. Así que puede ser que Pla tenga algo de razón y, después de todo, ser español dé asco. Lo que no sabe Pla es que ser madrileño también. Y ser catalán aún más. Y vasco o extremeño ni te cuento. Y es que esto no es un asunto de geografía o patriotas, sino de quién es el dueño del collar y de quién lo lleva puesto. Y eso, amigos, Botín, que es apátrida y militante nacionalista del dinero, lo sabe bien. Pero Albert Pla y muchos otros no se enteran.

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¹ *Apunten los royalties de esta expresión a mi amigo Rubén M.: exiliado económico, paciente extramuros y votante del PSOE, a la sazón, algo culpable también.

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